jueves, 17 de octubre de 2013
Me vacío de mi vida (por Mark Strand)
Me vacío del nombre de los otros. Vacío mis bolsillos.
Vacío mis zapatos y los dejo al borde de la ruta.
En la noche retraso los relojes;
abro el álbum familiar y observo al muchacho que fuí.
Digo mi propio nombre. Digo adiós.
Las palabras se siguen viento abajo.
Amo a mi mujer pero la aparto de mí.
Mis padres se levantan de sus tronos
hacia el lechoso cuarto de nubes. ¿Cómo puedo cantar?
El tiempo me dice lo que soy. He cambiado y soy el mismo.
Yo me vacío de mi vida y mi vida permanece.
miércoles, 16 de octubre de 2013
Desnudo en la ribera (por Roque Dalton)
Y, sin embargo, amor, a través de las lágrimas
yo sabía que al fin iba a quedarme
desnudo en la ribera de la risa.
Aquí,
hoy,
digo:
siempre recordaré tu desnudez entre mis manos,
tu olor a disfrutada madera de sándalo
clavada junto al sol de la mañana;
tu risa de muchacha,
o de arroyo,
o de pájaro;
tus manos largas y amantes
como un lirio traidor a tus antiguos colores;
tu voz,
tus ojos,
lo de abarcable en ti que entre mis pasos
pensaba sostener con las palabras.
Pero ya no habrá tiempo de llorar.
Ha terminado
la hora de la ceniza para mi corazón:
Hace frío sin ti,
pero se vive.
martes, 15 de octubre de 2013
Y mientras, una rosa (por Enrique Baltanás)
Una rosa se abre sin testigos en el silencio de la noche.
En la cama de un hospital alguien ensaya trabajosamente
un gesto parecido al de morirse
o tal vez muere y nadie se da cuenta.
Unos brazos y un pecho tibio acogen
a la vida que nace de la sangre, entre sangre, llorando.
Alguien palpa la niebla, como buscando, fuera, el sol
que él cree que brilla.
Las estrellas contemplan
el baile de dos cuerpos enlazados que se abrazan
en la música. Y caen. Y se alejan
uno del otro
por una calle entre veloces autos.
Y mientras una rosa, en el silencio
de la noche, se abre para nadie.
Haikus de Aitor Suárez
Nuestro colega Aitor Suárez, cofundador de zUmO dE pOeSíA,
ha escrito algunos haikus. Aunque querríamos publicar algunos, él considera que
no reúnen calidad. Respetamos su opinión. No obstante, y por si alguien
quisiera echar un vistazo, nos ha autorizado a insertar este enlace:
Un límite sagrado (por Ana Ajmatova)
Hay en la intimidad un límite sagrado
que ni la pasión más loca puede trasponer,
ni siquiera si el amor desgarra el corazón
y en medio del silencio se funden nuestras bocas.
La amistad nada puede, nada pueden los años
de vuelos elevados, de dicha llameante,
allí donde el alma es libre y no la vence
la dulce languidez del goce y el deseo.
Pretenden alcanzarlo mentes enajenadas
y a quienes lo trasponen les llena la tristeza.
¿Comprendes ahora por qué mi corazón
bajo tu mano derecha no late acompasado?
lunes, 14 de octubre de 2013
Dos caminos (por Marin Sorescu)
Iba tranquilamente
cuando de pronto, frente a mí
surgieron dos caminos:
uno a la derecha,
y el otro a la izquierda,
según todas las reglas de la simetría.
Me quedé inmóvil,
cerré los ojos,
estiré los labios,
tosí,
y tomé por el de la derecha
(exactamente el que no debía,
como se comprobó más adelante).
Caminé por él como pude,
está de más abundar en detalles.
Luego frente a mí se abrieron dos precipicios:
uno a la derecha,
otro a la izquierda.
Me lancé por el de la izquierda,
sin pestañear, sin siquiera precipitarme,
me lancé con todo por el de la izquierda,
el cual, ay, no era el sembrado con plumas.
A rastras seguí avanzando.
Me arrastré cuanto pude, y de pronto, frente a mí
se abrieron amplios dos caminos.
«¡Yo les enseñaré!» -me dije-
y me empeñé otra vez por el de la izquierda,
con hostilidad.
Equivocado, muy equivocado, el de la derecha era
el verdadero, el verdadero, como se dice, gran camino.
Y en la primera encrucijada
me consagré con todo mi ser
al de la derecha.
Y nuevamente
el otro fue el que debí tomar, el otro...
Ahora están por terminarse mis provisiones,
el bastón de mis manos envejeció,
ya no echa brotes
para estar a su sombra
cuando me embarga la desesperación.
Las piedras desgarraron mis tobillos,
crujen y gruñen en mi contra,
dado que me he mantenido en una permanente
equivocación.
Y he aquí que otra vez ante mí se abren
dos cielos: Uno a la derecha,
el otro a la izquierda.
domingo, 13 de octubre de 2013
Subiendo por mis días (por Vicente Sabido)
Andabas por las calles del otoño
calladas de humedad y el amarillo
concierto de los árboles te amaba.
Te amaba el cielo gris y los tejados
umbrosos y los pájaros humildes
y el viento oscuro y fresco de los bosques.
Te amaban las vaguadas, las colinas
sangrientas de amapolas.
Y en Mérida te amaban
los blancos capiteles, la sonrisa
marmórea de los dioses mutilados.
Te amaban las cigüeñas vergonzosas
y hasta los lapiceros que mordías.
(Lento espigaba el trigo.
Lenta el agua buscaba las raíces.
Lenta la yerba crece. Lento el hombre
echa la hoz. Y trilla. Y lento amasa
su pan con llanto y fuego.)
(El tiempo no perdona
ni a la roca más firme ni a la rosa
más tierna.
El tiempo quiebra
los cielos más azules y las aguas
más tersas.
Como un cáncer
agrieta dulces sueños, da al olvido
palabras de pasión, gestos heroicos.)
Perdida en el invierno.
Perdida entre la lluvia
fresquísima de enero.
Subiendo por el frío.
Subiendo por la pena.
Subiendo por el llanto y por el gozo
con tanta certidumbre.
Andabas por las calles entornadas
donde la madreselva trepa
las altas tapias blancas.
Andabas los pasillos soñolientos
del instituto viejo, con tu risa
cristal, entre los muros
cargados de expedientes y pintadas
ingenuas sobre el sexo y el gobierno.
(Andabas por los ojos de tu madre
marcándole el camino, como un faro
en medio de la niebla.)
(La tarde es de tormenta.
Las nubes montañosas
descargan su coraje por los campos.
Agreste sinfonía
detrás de los vitrales.
Yo recuerdo
los góticos pináculos de Burgos,
en tanto la gramola toca graves
cantigas alfonsinas.)
Andabas por las playas de septiembre:
almendros, sal y conchas. Conocías
el vuelo de los pájaros marinos,
las caras de la arena, los dibujos
efímeros del agua entre las peñas.
Aprendiste los himnos de las olas
cantando jubilosas a la muerte.
Gaviotas, arrendotes. Conocías
la bóveda nocturna estrella a estrella
y les dabas mil nombres misteriosos,
helados, cristalinos,
ya polvo en la memoria.
(Inventa nuevos cielos.
Inventa nuevos mares. No te canses,
amada, de enseñarme como a un niño
las voces del silencio en un jardín desierto, la caricia
profunda del crepúsculo,
la música pequeña de las lilas.)
Ni siquiera sabemos qué es la vida,
para qué preocuparnos del detalle:
las curvas de la rosa, el vuelo tibio
de una paloma blanca, y el azar
que trajo hasta mis ojos tu mirada.
Y yo con mis costumbres,
al margen de tus cosas,
al margen de tu cine y tus zapatos,
al margen de tu blusa y tu sonrisa,
tu tos y tus muñecas,
tu pena, tus blue-jeans y tus amigas.
Y yo perdiendo el tiempo
entre los polinomios y los Beatles,
entre la bicicleta y los Urales,
las Tablas de la Ley y las estampas.
Pensar que en dos minutos
hubiera compartido tus paisajes,
tus sueños, tu rutina.
Que estabas a un suspiro de mis ojos,
a un paso de mi aliento.
Y que quedaba
aún tanto hasta el encuentro.
Tú, lejana, subiendo por el pozo
de los años, oscuro y resbaloso.
Subiendo por mis días sin saberlo.
Pasando de la rosa hasta la página
más gris de la gramática.
Pasando del latín al tocadiscos,
al chicle y Julio Verne.
Subiendo por los siglos y las simas
hasta tocar mis labios.
Pensar que por tus huellas
andaba sin saberlo.
Pensar que respiraba donde el aire
guardaba tu latido.
Pensar que tantas veces he tocado
el hueco de tu cuerpo.
Pensar que he compartido tanto abril
a un paso de tus ojos.
Pensar que te soñaba desde niño
y estábamos despiertos y tan cerca.
He dado tantas vueltas
para llegar a ti. Me he desviado
por tanto falso atajo que es milagro
tenerte entre mis brazos.
Cuántos días
brillantes como espejos. Cuántas noches
de asfixia y alquitrán. Mi corazón
lento sangraba. Y bajo el cielo
helado, solitario, yo buscándote.
Buscándote en los chopos
de plata y en los charcos del invierno.
Buscando entre las hojas
tu dulce piel sedeña.
Buscándote, perdido, como un loco
persigue la razón en su delirio.
Perdido en el neón y las películas.
Perdido en los caminos cotidianos.
Perdido entre los libros,
y las conversaciones y las copas.
Inútil entre inútiles sin ti.
Cadáver entre muertos sin tu vida.
Amor, dime el secreto
designio de las cosas.
Por qué el tiempo
nos ciega, tiende trampas,
nos pierde en laberintos.
Amor, por qué la vida
no es buena con nosotros, nos aprieta
el alma hasta el gemido
y se alimenta
con lágrimas de sangre.
Viniste como un sol amigo y tibio,
como un caudal de rosas, como un viento
de Sandro Botticelli,
como una sinfonía
de flautas de madera y mandolinas.
Te adoro en tus pupilas, en tus cejas
arqueadas y sumisas. Cómo fulge
la frente blanca y dulce en la cascada
castaña de tu pelo. Cómo vuela
tu risa por mi pecho. Cómo tiembla
mi voz enamorada
cuando chocan mis ojos con los tuyos.
Déjame, amor mío, en este instante,
en este instante azul agazaparme
pequeño entre tus brazos,
pequeño entre tus labios y decirte:
escucha mi silencio.
Escucha mi silencio y mi alegría.
(El mundo es nuestro lecho y nuestra casa.
Despierta, amor. Despunta una mañana
de campos de algodón tímido y albo.
Da cuerda a la ilusión.
Volvamos al principio a cada instante.
No es tarde para nada. Nunca es tarde.
No tengas miedo nunca.
Ven.
Escucha.)
sábado, 12 de octubre de 2013
Echar a andar (por Saiz de Marco)
nacer como un niño
tal como ahora pero
igual que llega un niño
a cero el contador
con la página en blanco
el cuaderno a estrenar
sin hojas mal escritas
sin tinta
sin erratas
ahora empezar de nuevo como un
niño que viene
sin huellas de otros pasos
de esos zapatos sucios de arena del camino
sin pisadas de barro grabadas en la nieve
sin memoria
sin lastre
como un recién nacido
echar a andar
ahora
igual que llega un niño
a cero el contador
con la página en blanco
el cuaderno a estrenar
sin hojas mal escritas
sin tinta
sin erratas
ahora empezar de nuevo como un
niño que viene
sin huellas de otros pasos
de esos zapatos sucios de arena del camino
sin pisadas de barro grabadas en la nieve
sin memoria
sin lastre
como un recién nacido
echar a andar
ahora
viernes, 11 de octubre de 2013
Nunca -y es tan sencillo-... (por Ángel González)
Atrás quedaron los escombros:
humeantes pedazos de tu casa,
veranos incendiados, sangre seca
sobre la que se ceba -último buitre-
el viento.
Tú emprendes viaje hacia adelante, hacia
el tiempo bien llamado porvenir.
Porque ninguna tierra
posees,
porque ninguna patria
es ni será jamás la tuya,
porque en ningún país
puede arraigar tu corazón deshabitado.
Nunca -y es tan sencillo-
podrás abrir una cancela
y decir, nada más: «buen día,
madre».
Aunque efectivamente el día sea bueno,
haya trigo en las eras
y los árboles
extiendan hacia ti sus fatigadas
ramas, ofreciéndote
frutos o sombra para que descanses.
jueves, 10 de octubre de 2013
Mano entregada (por Vicente Aleixandre)
Pero otro día toco tu mano. Mano tibia.
Tu delicada mano silente. A veces cierro
mis ojos y toco leve tu mano, leve toque
que comprueba su forma, que tienta
su estructura, sintiendo bajo la piel alada el duro hueso
insobornable, el triste hueso adonde no llega nunca
el amor. Oh carne dulce, que sí se empapa del amor hermoso.
Es por la piel secreta, secretamente abierta, invisiblemente entreabierta,
por donde el calor tibio propaga su voz, su afán dulce;
por donde mi voz penetra hasta tus venas tibias,
para rodar por ellas en tu escondida sangre,
como otra sangre que sonara oscura, que dulcemente oscura te besara
por dentro, recorriendo despacio como sonido puro
ese cuerpo, que ahora resuena mío, mío poblado de mis voces profundas,
oh resonado cuerpo de mi amor, oh poseído cuerpo, oh cuerpo sólo sonido de mi voz poseyéndolo.
Por eso, cuando acaricio tu mano, sé que sólo el hueso rehúsa
mi amor —el nunca incandescente hueso del hombre—.
Y que una zona triste de tu ser se rehúsa,
mientras tu carne entera llega a un instante lúcido
en que total flamea, por virtud de ese lento contacto de tu mano,
de tu porosa mano suavísima que gime,
tu delicada mano silente, por donde entro
despacio, despacísimo, secretamente en tu vida,
hasta tus venas hondas totales donde bogo,
donde te pueblo y canto completo entre tu carne.
Tu delicada mano silente. A veces cierro
mis ojos y toco leve tu mano, leve toque
que comprueba su forma, que tienta
su estructura, sintiendo bajo la piel alada el duro hueso
insobornable, el triste hueso adonde no llega nunca
el amor. Oh carne dulce, que sí se empapa del amor hermoso.
Es por la piel secreta, secretamente abierta, invisiblemente entreabierta,
por donde el calor tibio propaga su voz, su afán dulce;
por donde mi voz penetra hasta tus venas tibias,
para rodar por ellas en tu escondida sangre,
como otra sangre que sonara oscura, que dulcemente oscura te besara
por dentro, recorriendo despacio como sonido puro
ese cuerpo, que ahora resuena mío, mío poblado de mis voces profundas,
oh resonado cuerpo de mi amor, oh poseído cuerpo, oh cuerpo sólo sonido de mi voz poseyéndolo.
Por eso, cuando acaricio tu mano, sé que sólo el hueso rehúsa
mi amor —el nunca incandescente hueso del hombre—.
Y que una zona triste de tu ser se rehúsa,
mientras tu carne entera llega a un instante lúcido
en que total flamea, por virtud de ese lento contacto de tu mano,
de tu porosa mano suavísima que gime,
tu delicada mano silente, por donde entro
despacio, despacísimo, secretamente en tu vida,
hasta tus venas hondas totales donde bogo,
donde te pueblo y canto completo entre tu carne.
miércoles, 9 de octubre de 2013
Intentan decirnos algo (por John Agard)
Date un paseo por los espléndidos campos matinales del verano
fíjate en las vacas en el pleno esplendor
de su cuero blanco y negro
y recuerda que hubo un hombre que dijo una vez yo tengo un sueño
pero un día le dieron un balazo a sangre fría
porque tenía un sueño elevado
de blanco y negro tomados de la mano
Camina hacia los espléndidos campos matinales del verano
mira a las vacas en el verdor de la meditación
una horda de armonía blanca y negra
tal vez las vacas intentan decirnos algo
pero nosotros carniceros humanos no podemos comprender
el lenguaje vacuno
mucho menos su vacuno silencio
para interpretar el vacuno silencio hay que recurrir a un poeta
no a carniceros ni a políticos
las vacas en la gloria entretejida
de su cuero blanco y negro
tienen su propia historia misteriosa
las vacas en la gloria entretejida de su cuero blanco y negro
nunca supieron del apartheid
nunca practicaron el genocidio
nunca parece preocuparles
que la hierba sea más verde del otro lado
las vacas calmadamente se casan entre ellas
las vacas en la gloria entretejida
de su cuero blanco y negro
las vacas en la gloria entretejida
de la integración de blanco y negro
no pueden deletrear integración
las vacas nunca fueron a la escuela
por eso es que las vacas son tan relajadas tan súper relajadas
y sobre todo las vacas nunca le imponen
su lengua
a otras naciones
¿Muges mi mensaje, lo muges?
martes, 8 de octubre de 2013
Octava elegía (por Rainer María Rilke)
Con todos los ojos ve la criatura
lo abierto. Pero nuestros ojos están
como al revés, y completamente en torno suyo,
la cercan como trampas, alrededor de su libre salida.
Sólo sabemos lo que hay afuera por la cara del animal,
pues ya desde el principio damos la vuelta al niño
y lo forzamos a que vea de espaldas la creación,
no lo abierto, que en la mirada animal es tan profundo.
Libre de la muerte (sólo nosotros la vemos),
el libre animal tiene su final siempre detrás
y delante de sí a Dios, y cuando anda, anda
en la eternidad, como andan las fuentes.
Nunca tenemos, ni siquiera un solo día, el espacio puro
delante de nosotros, donde las flores se abren
interminablemente. Siempre está el mundo,
y nunca ninguna parte sin no: la pura, la no vigilada,
la que uno respira e interminablemente conoce y no
anhela. De niño se pierde uno tranquilamente en ella
y nos despiertan a sacudidas. O alguien muere y ya.
Porque cerca de la muerte uno ya no ve a la muerte,
y mira fijamente hacia fuera, quizás con gran mirada
animal. Los amantes -si no estuviera el otro,
que obstruye la vista- se acercan y se asombran...
Como por equivocación, está abierto para ellos detrás
del otro... Pero ninguno avanza y el mundo se queda
de nuevo para él. Siempre vueltos hacia la creación,
vemos solamente sobre ella el reflejo de lo libre,
oscurecido por nosotros. O que un animal, mudo, alza
los ojos tranquilamente y ve a través y a través de nosotros.
Esto se llama destino. Estar enfrente y nada más que eso,
y siempre enfrente.
Si existiera una conciencia como la nuestra en el seguro
animal que viene hacia nosotros en otra dirección,
nos volcaría con su paso. Pero su ser es para él
infinito, inasible, no tiene vista hacia su condición; es
puro, tal como su mirada abierta hacia delante. Y donde
nosotros vemos el futuro, ahí él ve el todo, y a sí mismo
en el todo, y salvado para siempre.
Y sin embargo hay en el vigilante, cálido animal
el peso y la inquietud de una gran melancolía.
Pues él también siempre lleva consigo lo que a nosotros
con frecuencia nos abruma, el recuerdo,
como si el sitio hacia donde corremos como impelidos
alguna vez hubiera estado más cerca, hubiese sido más
leal, su contacto infinitamente tierno. Aquí todo
es distancia, allá todo era aliento. Después
de su primer hogar el segundo es para él híbrido
y mudable. Oh, santidad de la criatura pequeña,
que permanece siempre en el vientre que la parió.
Oh, suerte del mosquito, que aun adentro retoza,
incluso en sus bodas: pues el vientre es todo.
Y mira, la media seguridad del pájaro que, desde
su origen, casi conoce ambas cosas, como si fuera un alma
de los etruscos (salida de un muerto, a quien
un espacio acogió, pero con la figura yacente como tapa).
Y qué perplejo está quien debe volar, y proviene
de un vientre. Como espantado de sí mismo, zigzaguea
en el aire, como cuando una grieta se abre en una taza.
Así cruza el rastro del murciélago la porcelana del anochecer.
Y nosotros: siempre espectadores, en todas partes,
¡vueltos hacia el todo, nunca hacia afuera! El todo
nos colma. Lo ordenamos. Se desintegra. Lo volvemos
a ordenar y nos desintegramos nosotros mismos.
¿Quién nos ha dado así la vuelta, que hagamos lo que hagamos,
mantenemos la actitud de alguien que se va? Como quien,
desde la última colina, que le muestra una vez más todo
su valle, se gira, se detiene, permanece un momento,
así vivimos nosotros, y siempre nos estamos despidiendo.
lo abierto. Pero nuestros ojos están
como al revés, y completamente en torno suyo,
la cercan como trampas, alrededor de su libre salida.
Sólo sabemos lo que hay afuera por la cara del animal,
pues ya desde el principio damos la vuelta al niño
y lo forzamos a que vea de espaldas la creación,
no lo abierto, que en la mirada animal es tan profundo.
Libre de la muerte (sólo nosotros la vemos),
el libre animal tiene su final siempre detrás
y delante de sí a Dios, y cuando anda, anda
en la eternidad, como andan las fuentes.
Nunca tenemos, ni siquiera un solo día, el espacio puro
delante de nosotros, donde las flores se abren
interminablemente. Siempre está el mundo,
y nunca ninguna parte sin no: la pura, la no vigilada,
la que uno respira e interminablemente conoce y no
anhela. De niño se pierde uno tranquilamente en ella
y nos despiertan a sacudidas. O alguien muere y ya.
Porque cerca de la muerte uno ya no ve a la muerte,
y mira fijamente hacia fuera, quizás con gran mirada
animal. Los amantes -si no estuviera el otro,
que obstruye la vista- se acercan y se asombran...
Como por equivocación, está abierto para ellos detrás
del otro... Pero ninguno avanza y el mundo se queda
de nuevo para él. Siempre vueltos hacia la creación,
vemos solamente sobre ella el reflejo de lo libre,
oscurecido por nosotros. O que un animal, mudo, alza
los ojos tranquilamente y ve a través y a través de nosotros.
Esto se llama destino. Estar enfrente y nada más que eso,
y siempre enfrente.
Si existiera una conciencia como la nuestra en el seguro
animal que viene hacia nosotros en otra dirección,
nos volcaría con su paso. Pero su ser es para él
infinito, inasible, no tiene vista hacia su condición; es
puro, tal como su mirada abierta hacia delante. Y donde
nosotros vemos el futuro, ahí él ve el todo, y a sí mismo
en el todo, y salvado para siempre.
Y sin embargo hay en el vigilante, cálido animal
el peso y la inquietud de una gran melancolía.
Pues él también siempre lleva consigo lo que a nosotros
con frecuencia nos abruma, el recuerdo,
como si el sitio hacia donde corremos como impelidos
alguna vez hubiera estado más cerca, hubiese sido más
leal, su contacto infinitamente tierno. Aquí todo
es distancia, allá todo era aliento. Después
de su primer hogar el segundo es para él híbrido
y mudable. Oh, santidad de la criatura pequeña,
que permanece siempre en el vientre que la parió.
Oh, suerte del mosquito, que aun adentro retoza,
incluso en sus bodas: pues el vientre es todo.
Y mira, la media seguridad del pájaro que, desde
su origen, casi conoce ambas cosas, como si fuera un alma
de los etruscos (salida de un muerto, a quien
un espacio acogió, pero con la figura yacente como tapa).
Y qué perplejo está quien debe volar, y proviene
de un vientre. Como espantado de sí mismo, zigzaguea
en el aire, como cuando una grieta se abre en una taza.
Así cruza el rastro del murciélago la porcelana del anochecer.
Y nosotros: siempre espectadores, en todas partes,
¡vueltos hacia el todo, nunca hacia afuera! El todo
nos colma. Lo ordenamos. Se desintegra. Lo volvemos
a ordenar y nos desintegramos nosotros mismos.
¿Quién nos ha dado así la vuelta, que hagamos lo que hagamos,
mantenemos la actitud de alguien que se va? Como quien,
desde la última colina, que le muestra una vez más todo
su valle, se gira, se detiene, permanece un momento,
así vivimos nosotros, y siempre nos estamos despidiendo.
lunes, 7 de octubre de 2013
Otros tiempos (por Gsús Bonilla)
hubo gentes que adoraron al centeno
y al trigo
y al dios Pan
que acababa de ser madre
hubo hijos
aferrados a las rueda de un molino
donde hubo gentes
que soñaban mondas de patatas noches de mucho frío
y soñaban carbón
y saliva
y llagas
llagas también
hubo hambres
que soñaron gentes
y misericordias soñando gentes
y hubo horrores
soñando hombres y mujeres tatuados con un número
hubo mujeres
que rezaron cruces
y hubo señales que soñaron lutos
y lutos soñando brevedad
y sueños de tiempo
y gentes que soñaron otros tiempos
y al trigo
y al dios Pan
que acababa de ser madre
hubo hijos
aferrados a las rueda de un molino
donde hubo gentes
que soñaban mondas de patatas noches de mucho frío
y soñaban carbón
y saliva
y llagas
llagas también
hubo hambres
que soñaron gentes
y misericordias soñando gentes
y hubo horrores
soñando hombres y mujeres tatuados con un número
hubo mujeres
que rezaron cruces
y hubo señales que soñaron lutos
y lutos soñando brevedad
y sueños de tiempo
y gentes que soñaron otros tiempos
domingo, 6 de octubre de 2013
Preguntándome qué se busca (por Philip Larkin)
Seguro ya de que no pasa nada,
pongo un pie adentro, y dejo que la puerta
se cierre de golpe. Otra iglesia: esteras, asientos, piedra
y folletos; rastros de flores cortadas
para el domingo, algo marchitas; un poco de bronce y otras cosas
del lado de lo santo; el órgano, pulcro, pequeño;
Y un tenso, rancio, insoslayable silencio
que sabe Dios cuánto tiempo
demoró en decantarse. A falta de sombrero,
mi torpe homenaje consiste
en soltar mis pinzas de ciclista.
Avanzar, recorrer con la mano el borde circular
de la pila. Desde aquí, el techo parece casi nuevo –
¿limpiaron, repararon? Alguien sabrá; no tengo idea.
Subiendo al púlpito, repaso
unos pocos versos grandilocuentes, pronuncio
sin querer, a toda boca, “Aquí concluye…”
Los ecos, burlones, se ríen un poquito. Ya en la puerta,
firmo el libro, hago una pequeña donación, una moneda,
pienso: no valía la pena detenerse en el lugar.
Pero sí me detuve: de hecho, suelo hacerlo,
y siempre termino así como en suspenso,
preguntándome qué se busca; preguntándome, también,
por las iglesias cuando ya no se usen para nada:
en qué se transformarán; si algunas catedrales
serán crónicamente un espectáculo,
con pergaminos, platería, copones en vitrinas bajo llave,
mientras las otras se arriendan, sin costo, a la lluvia o las ovejas.
¿Serán de mal agüero? ¿Las evitará la gente?
¿O acaso, de noche, se irán a acercar
equívocas mujeres, trayendo sus hijos a tocar cierta piedra;
a cortar hierbas para un cáncer, o en una fecha especial
a ver a algún muerto caminando?
De una u otra manera, persistirá cierto poder,
en juegos, adivinanzas, como azarosamente;
la superstición, como la creencia, tendrá que morir,
y ¿qué quedará, sin siquiera descreimiento?
Pasto, piedras con maleza, zarzas, contrafuerte, firmamento.
Formas más difíciles de reconocer cada semana,
un propósito cada vez más recóndito. Me pregunto
quién será el último, realmente el último
en buscar este recinto por lo que fue: ¿tal vez uno de aquellos
que golpean suavemente la pared, anotan, y saben lo que fueron
los coros con celosías? ¿Algún adicto a las ruinas, codiciando
alguna antigüedad, o un fanático de las navidades, en procura
de un olorcillo a paramentos, a tubos de órgano, a mirra?
O será acaso mi representante.
Aburrido, desinformado, sabiendo que el légamo fantasmal
se ha dispersado, pero atraído a este cruce de terrenos
pasando por las zarzas suburbanas, pues aquí se contuvo
por tanto tiempo, y de modo tan ecuánime, lo que ahora
se encuentra sólo en la separación —matrimonio, nacimiento,
y muerte, y cuanto se piense de ellos– ¿Para eso habrán construido
esta especial caparazón? Aunque no tengo idea
de cuánto vale este añejo galpón ornamentado
me complace quedarme aquí en silencio.
Pues es seria esta casa, y se encuentra en tierra seria,
y en su aire mixturado nuestras tantas compulsiones
confluyen, se reconocen, se atavían de destino.
Y eso nunca podrá caducar,
pues siempre alguien estará sorprendiéndose
de encontrar en sí mismo una avidez por lo serio,
y gravitará con ella hacia esta tierra,
propicia –oyó una vez– para volverse sabio,
aunque no sea más que por los muchos muertos
que yacen aquí, a su alrededor.
sábado, 5 de octubre de 2013
El portugués tenía cuatro poetas (por Juan Gelman)
Había una vez un poeta portugués
tenía cuatro poetas adentro y vivía muy preocupado
trabajaba en la administración pública y dónde se vio que un empleado público de portugal
gane para alimentar cuatro bocas
Cada noche pasaba lista a sus poetas incluyéndose a sí mismo
uno estiraba la mano por la ventana y le caían astros allí
otro escribía cartas al sur qué están haciendo del sur
decía
De mi uruguay
decía
el otro se convirtió en un barco que amó a los marineros
esto es bello porque no todos los barcos hacen así
hay barcos que prefieren mirar por el ojo de buey
Hay barcos que se hunden
Dios camina afligido por el fenómeno ese
es que no todos los barcos se parecen a los poetas del portugués
salían del mar y se secaban los huesitos al sol
Cantando la canción de tus pechos
amada
cantaban que tus pechos llegaron una tarde con
una escolta de horizontes
eso cantaban los poetas del portugués para decir que te amo
antes de separarse
tender la mano al cielo
escribir cartas al uruguay
Que mañana van a llegar
mañana van a llegar las cartas del portugués y barrerán la tristeza
mañana va a llegar el barco del portugués al puerto de montevideo
siempre supo que entraba en ese puerto y se volvía más hermoso
Como los cuatro poetas del portugués cuando se preocupaban
todos juntos por el hombre de la tabaquería de enfrente
el animal de sueños del hombre de la tabaquería de enfrente
galopando con como josé gervasio de artigas por el hambre mundial
El portugués tenía cuatro poetas mirando al sur
al norte
al muro
al cielo les daba a todos de comer con el sueldo del alma
él se ganaba el sueldo en la administración del país público
y también mirando el mar que va de lisboa al uruguay
Yo siempre estoy olvidando cosas
una vez me olvidé un ojo en la mitad de una mujer
otra vez me olvidé una mujer en la mitad de portugués
me olvidé el nombre del poeta portugués
De lo que no me olvido es de su barco navegando hacia el sur
de su manita llena de astros
golpeando contra la furia del mundo
con el hombre de enfrente en la mano.
viernes, 4 de octubre de 2013
Por lo menos dos sentidos (por Roberto Juarroz)
Debemos conseguir que el texto que leemos
nos lea.
Debemos conseguir que la música que escuchamos
nos oiga.
Debemos conseguir que aquello que amamos
parezca por lo menos amarnos.
Es preciso demoler la ilusión
de una realidad con un solo sentido.
Es necesario por ahora
que cada cosa tenga por lo menos dos,
aunque en el fondo sepamos
que si algo no tiene todos los sentidos
no tiene ninguno.
Debemos conseguir que la rosa
que acabamos de crear al mirarla
nos cree a su vez.
Y lograr que luego
engendre de nuevo al infinito.
jueves, 3 de octubre de 2013
Su cabeza en mis manos (por Paul Éluard)
Se inclina sobre mí
Corazón ignorante
Para ver si la amo
Confía olvida
Bajo las nubes de sus párpados
Su cabeza se duerme en mis manos
Donde estamos
Juntos inseparables
Vivientes vivos
Vivientes viviendo
Y mi cabeza rueda en sus sueños
miércoles, 2 de octubre de 2013
Muere la casa (por Andrés Cursaro)
la casa se muere dice la casa tiembla cierra las ventanas pierde el sentido de las horas esa casa ya no es mi casa grita condenada está la casa que se muere a destiempo entre las horas de la noche que pueden ser día y abre la puerta cuando nadie entra se ilumina en plena tarde y se arranca el pasto raíz a raíz se muere la casa se muere dice ahora deja que el agua se le filtre por el techo se empañe el espejo frente al sol no se cuida hasta las cortinas dejó caer no le importan las piedras perforando vidrios mi casa muere se muere está mal no reconoce mis perfumes se quita los clavos y caen cuadros las fotos que la muestran recién pintada y descascara colores que bien le hacen se deja golpear por el viento y la tierra que pasa por los huecos se muere la casa se muere nomás y el hombre de esa casa muere también amurado a las paredes las sombras que allí están lo miran caer frotar las manos en el revoque quitar uno a uno los adornos del dormitorio levantar la alfombra orinada por los gatos lo miran caer al hombre de esa casa que muere en cada ladrillo ve los días que ahora lo llevan a esa misma casa plena de sol de pasos apurados a los aromas del laurel el hombre es una hoja de laurel ahora arrojado al medio del salón donde levanta el piso desde abajo y lo ven caer también como a esa casa que se muere cerrar la puerta lo ven escuchar decir se muere la casa se muere no baila el hombre están ausentes la música las manos que lo llevan el vestido que lo guía no baila y grita dice que la casa se le muere que ya no soporta su peso que anoche dejó caer silencio en el patio y que la lluvia lo ahoga en ese silencio el hombre de esa casa también escucha a las paredes abrirse dicen que el hombre de esa casa que muere con él en él recién habitada persigue sombras en paredes que no están en el pasto seco del jardín pero está muerta la casa en la imagen que encuentra está sin pintura sin ladrillos cortinas está muerta la casa dice el hombre que se mira desde la ventana.
martes, 1 de octubre de 2013
Esa lágrima (por Miguel d´ Ors)
Lágrima que yo he visto brotar de tu silencio
y de tus quince años
y cayó en una tarde con un algo de hoja
desprendida de un mayo...
Yo no sé de qué pena, de qué esperanza rota,
de qué nombre venía,
ni si era tu primera lágrima de mujer
o la última de niña.
Yo pasé junto a ti como pasaba el viento
y el rumor de las olas.
Nunca sabré tu nombre. Nunca sabré el pasado
de esa lágrima sola.
Ni tú sabrás tampoco que una tristeza tuya
cruzó una vez mi vida.
La noche será corta. Mañana volverás
a ser una sonrisa.
Pero quiero decir que esa lágrima tuya,
cayendo inconsolable
de tus años -tan dulces, tan amargos, tan quince-,
desbarató la tarde;
que la playa y el verde de las enredaderas
y julio y sus gaviotas
se ensombrecieron cuando, a solas con el mar,
lloraste porque todo, porque nada, por cosas.
y de tus quince años
y cayó en una tarde con un algo de hoja
desprendida de un mayo...
Yo no sé de qué pena, de qué esperanza rota,
de qué nombre venía,
ni si era tu primera lágrima de mujer
o la última de niña.
Yo pasé junto a ti como pasaba el viento
y el rumor de las olas.
Nunca sabré tu nombre. Nunca sabré el pasado
de esa lágrima sola.
Ni tú sabrás tampoco que una tristeza tuya
cruzó una vez mi vida.
La noche será corta. Mañana volverás
a ser una sonrisa.
Pero quiero decir que esa lágrima tuya,
cayendo inconsolable
de tus años -tan dulces, tan amargos, tan quince-,
desbarató la tarde;
que la playa y el verde de las enredaderas
y julio y sus gaviotas
se ensombrecieron cuando, a solas con el mar,
lloraste porque todo, porque nada, por cosas.
lunes, 30 de septiembre de 2013
Ser como él (por Bob Dylan)
Odiaba a Enzo
le odiaba
tanto que pude haberle matado
él era vil y abominable
y después de lo que pudo conseguir
yo estaba seguro de ello
mi amada se encontró con él
en un país lejano
y se quedó allí mucho tiempo
por él
he gruñido hasta quedar exhausto
que la estaba haciendo feliz
nunca le conocí
algunas veces le vería
en mi techo
pude haberle disparado
vagabundo farsante
idiota romántico
conozco a los hombres porque
yo también lo soy
el veneno balancea sus péndulos
con sensación de mareo
y yo quería pisotearle
quería masacrarle
quería matarle
yo quise con tanta fuerza ser como él
que eso me hizo daño
yo odiaba a Enzo
domingo, 29 de septiembre de 2013
Un salto (por Tomas Tranströmer)
Libre del agobiante torbellino, se hunde
el viajero hacia la zona verde de la mañana.
Las cosas se encienden. Él percibe —en la vibrante
postura de la alondra— las oscilantes lámparas subterráneas
del poderoso sistema de las raíces de los árboles.
Pero a flor
de tierra
—en abundancia tropical— está el verdor
con los brazos al aire, en escucha
del ritmo de una bomba invisible. Y él
se hunde hacia el verano, se descuelga por
el cráter cegador, hacia abajo
a través de grietas de edades verdehúmedas
palpitantes bajo la turbina del sol. Así es detenido
este viaje vertical por el instante y las alas se ensanchan
hasta ser la quietud del gavilán sobre aguas torrenciales.
Tonos desamparados
de las trompetas de la Edad de Bronce
cuelgan sobre el abismo.
En las primeras horas del día, la conciencia puede abarcar
el mundo
como la mano oprime una piedra entibiada por el sol.
El viajero está bajo el árbol. ¿Se extenderá,
después de la caída por el torbellino de la muerte,
una gran luz sobre su cabeza?
sábado, 28 de septiembre de 2013
Y volvimos a encontrarnos (por Susana Thénon)
me he casado
me he casado conmigo
me he dado el sí
un sí que tardó años en llegar
años de sufrimientos indecibles
de llorar con la lluvia
de encerrarme en la pieza
porque yo —el gran amor de mi existencia—
no me llamaba
no me escribía
no me visitaba
y a veces
cuando juntaba yo el coraje de llamarme
para decirme: hola, ¿estoy bien?
yo me hacía negar
llegué inconcluso a inscribirme en una lista de clavos
a los que no quería conectarme
porque daban la lata
porque me perseguían
porque me acorralaban
porque me reventaban
al final ni disimulaba yo
cuando yo me requería
me daba a entender
finamente
que me tenía podrida
y una vez dejé de llamarme
y dejé de llamarme
y pasó tanto tiempo que me extrañé
entonces dije
¿cuánto hace que no me llamo?
añares
debe de hacer añares
y me llamé y atendí yo y no podía creerlo
porque aunque parezca mentira
no había cicatrizado
sólo me había ido en sangre
entonces me dije: hola, ¿soy yo?
soy yo, me dije, y añadí:
hace muchísimo que no sabemos nada
yo de mí ni mí de yo
¿quiero venir a casa?
sí, dije yo
y volvimos a encontrarnos
con paz
yo me sentía bien junto conmigo
igual que yo
que me sentía bien junto conmigo
y así
de un día para el otro
me casé y me casé
y estoy junto
y ni la muerte puede separarme
viernes, 27 de septiembre de 2013
Para la desnudez última (por Gonzalo Rojas)
Que no pasen por nada los parientes, párenlos
con sus crisantemos y sus lágrimas
y aquellos acordeones para la fiesta
del incienso; nadie
es el juego sino uno, este mismo uno
que anduvimos tanto por error
de un lado a otro, por error: nadie
sino el uno que yace aquí, este mismo uno.
Cuesta volver a lo líquido del pensamiento
original, desnudarnos como cantando
de la airosa piel que fuimos con hueso y todo desde
lo alto del cráneo al último
de nuestros pasos, tamaña especie
pavorosa, y eso que algo
aprendimos de las piedras por el atajo
del callamiento.
A bajar, entonces, áspera mía ánima, con la dignidad
de ellas, a lo gozoso
del fruto que se cierra en la turquesa de otra luz
para entrar al fundamento, a sudar
más allá del sudario la sangre fresca del que duerme
por mí como si yo no fuera ése,
ni tú fueras ése, ni interminablemente nadie fuera ése,
porque no hay juego sino uno y éste es el uno:
el que se cierra ahí, pálidos los pétalos
de la germinación y el agua suena al fondo
ciega y ciega, llamándonos.
Fuera con lo fúnebre; liturgia
parca para este rey que fuimos, tan
oceánicos y libérrimos; quemen hojas
de violetas silvestres, vístanme con un saco
de harina o de cebada, los pies desnudos
para la desnudez
última; nada de cartas
a la parentela atroz, nada de informes
a la justicia; por favor tierra,
únicamente tierra, a ver si volamos.
con sus crisantemos y sus lágrimas
y aquellos acordeones para la fiesta
del incienso; nadie
es el juego sino uno, este mismo uno
que anduvimos tanto por error
de un lado a otro, por error: nadie
sino el uno que yace aquí, este mismo uno.
Cuesta volver a lo líquido del pensamiento
original, desnudarnos como cantando
de la airosa piel que fuimos con hueso y todo desde
lo alto del cráneo al último
de nuestros pasos, tamaña especie
pavorosa, y eso que algo
aprendimos de las piedras por el atajo
del callamiento.
A bajar, entonces, áspera mía ánima, con la dignidad
de ellas, a lo gozoso
del fruto que se cierra en la turquesa de otra luz
para entrar al fundamento, a sudar
más allá del sudario la sangre fresca del que duerme
por mí como si yo no fuera ése,
ni tú fueras ése, ni interminablemente nadie fuera ése,
porque no hay juego sino uno y éste es el uno:
el que se cierra ahí, pálidos los pétalos
de la germinación y el agua suena al fondo
ciega y ciega, llamándonos.
Fuera con lo fúnebre; liturgia
parca para este rey que fuimos, tan
oceánicos y libérrimos; quemen hojas
de violetas silvestres, vístanme con un saco
de harina o de cebada, los pies desnudos
para la desnudez
última; nada de cartas
a la parentela atroz, nada de informes
a la justicia; por favor tierra,
únicamente tierra, a ver si volamos.
jueves, 26 de septiembre de 2013
Antes del cuerpo (por Rafael Alberti)
1. PRÓLOGO
No habían cumplido años ni la rosa ni el arcángel.
Todo, anterior al balido y al llanto.
Cuando la luz ignoraba todavía
si el mar nacería niño o niña.
Cuando el viento soñaba melenas que peinar
y claveles el fuego que encender y mejillas
y el agua unos labios parados donde beber.
Todo, anterior al cuerpo, al nombre y al tiempo.
Entonces, yo recuerdo que, una vez, en el cielo…
2. PRIMER RECUERDO
Paseaba con un dejo de azucena que piensa,
casi de pájaro que sabe ha de nacer.
Mirándose sin verse a una luna que le hacía espejo el
sueño
y a un silencio de nieve, que le elevaba los pies.
A un silencio asomada.
Era anterior al arpa, a la lluvia y a las palabras.
No sabía.
Blanca alumna del aire,
temblaba con las estrellas, con la flor y los árboles.
Su tallo, su verde talle.
Con las estrellas mías
que, ignorantes de todo,
por cavar dos lagunas en sus ojos
la ahogaron en dos mares.
Y recuerdo…
Nada más: muerta, alejarse.
3. SEGUNDO RECUERDO
También antes,
mucho antes de la rebelión de las sombras,
de que al mundo cayeran plumas incendiadas
y un pájaro pudiera ser muerto por un lirio.
Antes, antes que tú me preguntaras
el número y el sitio de mi cuerpo.
Mucho antes del cuerpo.
En la época del alma.
Cuando tú abriste en la frente sin corona, del cielo,
la primera dinastía del sueño.
Cuando tú, al mirarme en la nada,
inventaste la primera palabra.
Entonces, nuestro encuentro.
También antes,
mucho antes de la rebelión de las sombras,
de que al mundo cayeran plumas incendiadas
y un pájaro pudiera ser muerto por un lirio.
Antes, antes que tú me preguntaras
el número y el sitio de mi cuerpo.
Mucho antes del cuerpo.
En la época del alma.
Cuando tú abriste en la frente sin corona, del cielo,
la primera dinastía del sueño.
Cuando tú, al mirarme en la nada,
inventaste la primera palabra.
Entonces, nuestro encuentro.
miércoles, 25 de septiembre de 2013
Situado en el istmo (por Alexander Pope)
Conócete a ti mismo, no supongas que hay un dios que investigar;
el estudio propio de la humanidad es el hombre.
Situado en el istmo de este estado intermedio,
un ser de oscura sabiduría y ruda grandeza:
con demasiado conocimiento como para alinearse con los escépticos,
con demasiada debilidad como para como convertirse en el orgullo de los estoicos,
pende en medio del camino, dudando si actuar o descansar,
dudando si considerarse como un Dios o como una Bestia,
dudando si preferir su cuerpo o su mente,
nacido sólo para morir y razonando sólo para errar;
tan ignorante, pues tal es su razón,
si piensa demasiado poco como si lo hace en exceso:
un caos de Pensamiento y de Pasión confundidos;
siempre por sí solo engañado o desengañado;
creando a medias para elevarse a medias para caer;
gran señor de todas las cosas, pero presa de todas ellas:
único juez de la verdad, arrojado al error sin fin:
¡Gloria, burla y enigma del mundo!
¡Ve, criatura maravillosa! Sube donde la ciencia te guía,
ve, mide la tierra, pesa el aire y fija las mareas;
instruye a los planetas qué órbitas seguir,
corrige el Tiempo y regula el Sol;
ve, elévate con Platón hasta la empírea esfera,
hasta el bien primero, hasta la perfección y la justicia primigenias;
o recorre el laberinto que recorrieron sus seguidores;
y perdido el juicio clama imitando a Dios;
igual que corren en vertiginosos círculos los sacerdotes orientales
y giran sus cabezas para imitar al Sol.
Ve, enseña a la Eterna Sabiduría cómo gobernar,
luego vuelve en ti y sé estúpido.
martes, 24 de septiembre de 2013
Con vistas a tu piel (por Joaquín Sabina)
Pedí dos camas con ventanas al mar.
Mejor que salgas sola del ascensor.
Conozco un chino cerca para cenar.
Inventa un nombre falso y déjalo en Recepción.
Le he dicho al camarero que nos suba champán.
Un siglo y tres minutos.
¿Cuándo vas a llegar?
Prepararé un canuto bien cargado en tu honor.
La llave está en la puerta:
Prepararé un canuto bien cargado en tu honor.
La llave está en la puerta:
cuarto 72.
Tal vez se deje seducir el azar.
Abriga más cuando es furtivo el amor.
Con seis ducados arrugados y un par de botas medio rotas se camina mejor.
Tal vez se deje seducir el azar.
Abriga más cuando es furtivo el amor.
Con seis ducados arrugados y un par de botas medio rotas se camina mejor.
Te besaré la nuca mientras miras saltar
las olas entre las farolas del malecón.
Ponte el liguero que por Reyes te regalé.
Ven a la cama, nos persigue el amanecer.
Tú sabes que en el purgatorio no hay
Ponte el liguero que por Reyes te regalé.
Ven a la cama, nos persigue el amanecer.
Tú sabes que en el purgatorio no hay
amor doméstico con muebles de eskái.
No es que no quiera, es que no quiero querer
No es que no quiera, es que no quiero querer
echarle leña al fuego del hogar y el deber.
La llama que me quema cada vez que te veo
La llama que me quema cada vez que te veo
me dice que es absurdo programar el deseo.
Al cabo de unos años estaríamos los dos
Al cabo de unos años estaríamos los dos
adustos y aburridos frente al televisor.
Hotel, dulce hotel.
Hotel, dulce hotel.
Hogar, triste hogar.
Estatuas de sal.
Estatuas de sal.
Habitación con vistas a tu piel.
lunes, 23 de septiembre de 2013
Sobreviviendo épicamente (por Félix Grande)
Tanta desolación
nevando
sobre la emocionante calavera del hombre,
tanta amenaza
torturando
con sus bíceps laboriosos y oscuros,
tanta mentira
obstaculizando
el caminar bovino de la historia,
tanta guerra
empujando conciencias a su origen selvático
donde no conocieron más que el miedo y el hambre
-dos fracasos entonces, dos fracasos ahora-,
tanto reojo, tanta pesadilla diurna,
tanta infamia ensuciando con vómitos de fuerza
al cráneo liberal del hombre,
tanto anticipo funerario
inyectado en las sienes meditativas
como un residuo líquido de horror,
tanto odio eyaculando lápidas,
tanta diarrea de asesinatos,
tanta infección, tanto desprecio
ensordecen la melodía y agrietan al descanso,
enmudecen al sol sonoro, carcomen la noche solemne,
ciegan las calles, astillan las ciudades,
sofocan las naciones y quieren refutar al mundo;
en cuanto al hombre y la mujer,
los retuercen, los desfiguran, los recubren de caries,
los contaminan de desastre,
los ensucian, los pisan, los ultrajan.
Aplaudida, llorada, amada sea
la ofendida pareja de mi siglo
que con dificultad y obstinación mellizas
se coge de las manos sobreviviendo épicamente,
tratando de soltar el quebrado sentido de la tierra
por debajo del tiempo epilepsíaco, la ruina y el crimen.
Amado sea tan machacado e inmortal desafío.
domingo, 22 de septiembre de 2013
Todos se han quedado (por César Vallejo)
-No vive ya nadie en la casa –me dices–; todos se han ido.
La sala, el dormitorio, el patio, yacen despoblados.
Nadie ya queda, pues que todos han partido.
Y yo te digo: Cuando alguien se va, alguien queda.
El punto por donde pasó un hombre, ya no está solo.
Únicamente está solo, de soledad humana,
el lugar por donde ningún hombre ha pasado.
Las casas nuevas están más muertas que las viejas,
porque sus muros son de piedra o de acero, pero no de hombres.
Una casa viene al mundo, no cuando la acaban de edificar,
sino cuando empiezan a habitarla.
Una casa vive únicamente de hombres, como una tumba.
Sólo que la casa se nutre de la vida del hombre,
mientras que la tumba se nutre de la muerte del hombre.
Por eso la primera está de pie, mientras que la segunda está tendida.
Todos han partido de la casa, en realidad,
pero todos se han quedado en verdad.
Y no es el recuerdo de ellos lo que queda,
sino ellos mismos. Y no es tampoco que ellos queden en la casa,
sino que continúan por la casa.
Las funciones y los actos se van de la casa en tren o en avión o a caballo,
a pie o arrastrándose.
Lo que continúa en la casa es el órgano, el agente en gerundio y en círculo.
Los pasos se han ido, los besos, los perdones, los crímenes.
Lo que continúa en la casa es el pie, los labios, los ojos, el corazón.
Las negociaciones y las afirmaciones, el bien y el mal, se han dispersado.
Lo que continúa en la casa, es el sujeto del acto.
La sala, el dormitorio, el patio, yacen despoblados.
Nadie ya queda, pues que todos han partido.
Y yo te digo: Cuando alguien se va, alguien queda.
El punto por donde pasó un hombre, ya no está solo.
Únicamente está solo, de soledad humana,
el lugar por donde ningún hombre ha pasado.
Las casas nuevas están más muertas que las viejas,
porque sus muros son de piedra o de acero, pero no de hombres.
Una casa viene al mundo, no cuando la acaban de edificar,
sino cuando empiezan a habitarla.
Una casa vive únicamente de hombres, como una tumba.
Sólo que la casa se nutre de la vida del hombre,
mientras que la tumba se nutre de la muerte del hombre.
Por eso la primera está de pie, mientras que la segunda está tendida.
Todos han partido de la casa, en realidad,
pero todos se han quedado en verdad.
Y no es el recuerdo de ellos lo que queda,
sino ellos mismos. Y no es tampoco que ellos queden en la casa,
sino que continúan por la casa.
Las funciones y los actos se van de la casa en tren o en avión o a caballo,
a pie o arrastrándose.
Lo que continúa en la casa es el órgano, el agente en gerundio y en círculo.
Los pasos se han ido, los besos, los perdones, los crímenes.
Lo que continúa en la casa es el pie, los labios, los ojos, el corazón.
Las negociaciones y las afirmaciones, el bien y el mal, se han dispersado.
Lo que continúa en la casa, es el sujeto del acto.
sábado, 21 de septiembre de 2013
Toda la noche (por Alejandra Pizarnik)
Los ausentes soplan grismente y la noche es densa.
La noche tiene el color de los párpados del muerto.
Huyo toda la noche, encauzo la persecución y la fuga, canto un
canto para mis males, pájaros negros sobre mortajas negras.
Grito mentalmente, me confino, me alejo de la mano crispada,
no quiero saber otra cosa que este clamor, este resolar en la noche,
esta errancia, este no hallarse.
Toda la noche hago la noche.
Toda la noche me abandonas lentamente como el agua cae
lentamente. Toda la noche escribo para buscar a quien me busca.
Palabra por palabra yo escribo la noche.
viernes, 20 de septiembre de 2013
El otro (por Ray Bradbury)
No escribo yo…
El otro que hay en mí
pide aflorar constantemente.
Pero si me apresuro a volverme y mirarlo
vuelve a escabullirse
al momento y al lugar en donde estaba antes
ya que sin saberlo entorné la puerta
y lo dejé salir.
A veces un grito encendido lo llama;
comprende que lo necesito,
y yo también. Su tarea
será decirme quién soy bajo la máscara.
Él es fantasma, yo fachada
que oculta la ópera que él escribe con Dios,
en tanto yo, ciego del todo,
espero impávido a que su mente
se me deslice brazo abajo,
por la muñeca, hasta la mano
y las puntas de los dedos
y furtiva encuentre
esas verdades que caen de las lenguas
con sonido ardiente,
todo surgido de una sangre secreta
y alma secreta de secreto suelo.
Con alegría
se asoma a escribir, y luego corre
a esconderse una semana
hasta que reanuda el juego
en el que yo finjo, diligente,
que no es mi propósito tentarlo.
Pero lo tiento, mientras simulo mirar hacia otro lado
para que no se esconda todo el día.
Echo a correr e inicio un juego simple,
un salto distraído.
¿Quién convoca del sueño
la bestia que brilla y acecha?
¿De quién las reservas y el coto de caza?
De mi aliento, mi sangre, mis nervios.
Pero ¿qué lugar de esa materia
habita él?
¿Dónde está su madriguera?
¿Tras esta oreja de goma?
¿Tras esa oreja de grasa?
¿Dónde cuelga el sombrero
el joven descarriado?
No hay caso. Ermitaño nació
y vive recluido.
Nada que hacer sino
seguir sus triquiñuelas,
dejar que corra y cosechar la fama.
En la cual yo pongo el nombre
a una materia que le he birlado,
y todo porque le atraje
con dulces aromas creativos
¿Escribió R.B. ese poema,
ese diálogo, esa línea?
No: el simio interior, invisible,
fue quien lo instruyó.
Vestido con mi carne,
su alcance es misterioso.
No digan mi nombre.
Mencionen a ese otro.
jueves, 19 de septiembre de 2013
El frío (por Almudena Guzmán)
Nada.
No pegaba nada con tanta lluvia,
esa chaqueta de angorina rosa y botones de nácar
que él me regaló.
Tampoco encendimos una velita al apóstol,
porque un niño a nuestro lado acababa de darse un cabezazo
tremendo contra la pila bautismal
y hubo que consolarlo hasta que llegaron sus padres.
El museo nos desilusionó.
Yo me puse rara y él venga a mirar al cielo,
y al final un paseo dudosamente conciliador por los
soportales
-basta que a mí me hicieran gracia los punkies, para que
a él lo escandalizasen-,
después de mi vaso de leche y su maniática ginebra
“MG con Schweppes de naranja, por favor”.
Ah,
se me olvidaba contaros
que el frío fue la nota predominante del día
y que la noche, a pesar de todo, la pasamos juntos.
Espalda contra espalda.
miércoles, 18 de septiembre de 2013
En lo de los relojes (por John Latham)
Siempre he respetado a los estudiosos, las ideas nuevas,
y he leído sobre su trabajo
en el Sunday Empire News, sobre la relatividad esa.
Y tiene razón, las cosas se ven diferentes
de ambos lados de la cerca, de cada extremo de la botella, también.
Pero en lo de los relojes está equivocado.
Piénselo, Albert. Yo me largo en una nave espacial
y regreso siendo unas semanas más joven que mi gemelo.
Está bien, supongo,
no hay mucho de lo que preocuparse.
Pero, ¿qué pasaría si mi papá se fuera, en un viaje largo
y volviera como un niño,
un niño bastante más joven que yo?
Bueno, mi madre estaría confundida,
lo arroparía de noche en su cuna, quiero decir, en mi cuna,
y se vendría a dormir conmigo, ¿no?
Eso sería incesto, doctor Einstein.
¿Es usted ateo? No se moleste en contestar.
Ahora lo veo claro, un complot alemán.
Por eso sus libros no se publican
allá en su tierra, sólo aquí,
para que leamos ese sinsentido sobre relojes
y la gente lo creerá porque su cabello es cano
y los periódicos dicen que es usted un sabio
y pronto todos los hombres de Inglaterra
estarán durmiendo con sus madres.
Millones de niños nacerán malformados,
se derrumbará nuestro imperio. ¡Kraut!
He sido pintor de brocha gorda toda mi vida,
veo el mundo desde mi escalera,
puedo reconocer un fraude cuando lo veo.
No me provoque, Einstein.
Si yo estuviera en sus zapatos, en Crewe me bajaría del tren.
martes, 17 de septiembre de 2013
La isla Aquí (por Wislawa Szymborska)
Ciertos pescadores sacaron del fondo una botella.
Había en la botella un papel, y en el papel estas palabras:
“¡Socorro!, estoy aquí. El océano me arrojó a una isla desierta.
Estoy en la orilla y espero ayuda. ¡Dense prisa. Estoy aquí!”
-No tiene fecha. Seguramente ya es demasiado tarde.
La botella pudo haber flotado mucho tiempo, dijo el pescador primero.
-Y el lugar no está indicado. Ni siquiera se sabe en qué océano,
dijo el pescador segundo.
-Ni demasiado tarde ni demasiado lejos. La isla “Aquí” está en todos lados,
dijo el pescador tercero.
El ambiente se volvió incómodo, cayó el silencio.
Las verdades comunes tienen ese problema.
lunes, 16 de septiembre de 2013
Las compuertas del llanto (por Oliverio Girondo)
Llorar a lágrima viva.
Llorar a chorros.
Llorar la digestión.
Llorar el sueño.
Llorar ante las puertas y los puertos.
Llorar de amabilidad y de amarillo.
Abrir las canillas,
las compuertas del llanto.
Empaparnos el alma, la camiseta.
Inundar las veredas y los paseos,
y salvarnos, a nado, de nuestro llanto.
Asistir a los cursos de antropología, llorando.
Festejar los cumpleaños familiares, llorando.
Atravesar el África, llorando.
Llorar como un cacuy, como un cocodrilo...
si es verdad que los cacuíes y los cocodrilos
no dejan nunca de llorar.
Llorarlo todo, pero llorarlo bien.
Llorarlo con la nariz, con las rodillas.
Llorarlo por el ombligo, por la boca.
Llorar de amor, de hastío, de alegría.
Llorar de frac, de flato, de flacura.
Llorar improvisando, de memoria.
¡Llorar todo el insomnio y todo el día!
Llorar a chorros.
Llorar la digestión.
Llorar el sueño.
Llorar ante las puertas y los puertos.
Llorar de amabilidad y de amarillo.
Abrir las canillas,
las compuertas del llanto.
Empaparnos el alma, la camiseta.
Inundar las veredas y los paseos,
y salvarnos, a nado, de nuestro llanto.
Asistir a los cursos de antropología, llorando.
Festejar los cumpleaños familiares, llorando.
Atravesar el África, llorando.
Llorar como un cacuy, como un cocodrilo...
si es verdad que los cacuíes y los cocodrilos
no dejan nunca de llorar.
Llorarlo todo, pero llorarlo bien.
Llorarlo con la nariz, con las rodillas.
Llorarlo por el ombligo, por la boca.
Llorar de amor, de hastío, de alegría.
Llorar de frac, de flato, de flacura.
Llorar improvisando, de memoria.
¡Llorar todo el insomnio y todo el día!
domingo, 15 de septiembre de 2013
Cierva de un solo lado (por Jorge Luis Borges)
¿De qué agreste balada de la verde Inglaterra,
de qué lámina persa, de qué región arcana
de las noches y días que nuestro ayer encierra,
vino la cierva blanca que soñé esta mañana?
Duraría un segundo. La vi cruzar el prado
y perderse en el oro de una tarde ilusoria,
leve criatura hecha de un poco de memoria
y de un poco de olvido, cierva de un solo lado.
Los númenes que rigen este curioso mundo
me dejaron soñarte pero no ser tu dueño;
tal vez en un recodo del porvenir profundo
te encontraré de nuevo, cierva blanca de un sueño.
Yo también soy un sueño fugitivo que dura
unos días más que el sueño del prado y la blancura.
sábado, 14 de septiembre de 2013
Dos puertas (por César Vallejo)
En el rincón aquel, donde dormimos juntos
tantas noches, ahora me he sentado
a caminar. La cuja de los novios difuntos
fue sacada, o tal vez qué habrá pasado.
Has venido temprano a otros asuntos,
y ya no estás. Es el rincón
donde a tu lado, leí una noche,
entre tus tiernos puntos,
un cuento de Daudet. Es el rincón
amado. No lo equivoques.
Me he puesto a recordar los días
de verano idos, tu entrar y salir,
poca y harta y pálida por los cuartos.
En esta noche pluviosa,
ya lejos de ambos dos, salto de pronto…
Son dos puertas abriéndose cerrándose,
dos puertas que al viento van y vienen
sombra a sombra.
viernes, 13 de septiembre de 2013
De otra parte (por Rosario Castellanos)
Miro las herramientas,
el mundo que los hombres hacen, donde se afanan,
sudan, paren, cohabitan.
El cuerpo de los hombres prensado por los días,
su noche de ronquido y de zarpazo
y las encrucijadas en que se reconocen.
Hay ceguera y el hambre los alumbra
y la necesidad, más dura que metales.
Sin orgullo (¿qué es el orgullo? ¿Una vértebra
que todavía la especie no produce?)
los hombres roban, mienten,
como animal de presa olfatean, devoran
y disputan a otro la carroña.
Y cuando bailan, cuando se deslizan
o cuando burlan una ley o cuando
se envilecen, sonríen,
entornan levemente los párpados, contemplan
el vacío que se abre en sus entrañas
y se entregan a un éxtasis vegetal, inhumano.
Yo soy de alguna orilla, de otra parte,
soy de los que no saben ni arrebatar ni dar,
gente a quien compartir es imposible.
No te acerques a mí, hombre que haces el mundo,
déjame, no es preciso que me mates.
Yo soy de los que mueren solos, de los que mueren
de algo peor que vergüenza.
Yo muero de mirarte y no entender.
jueves, 12 de septiembre de 2013
De todos mis momentos (por Charles Bukowski)
Tuve que ir al baño por alguna cosa
y toqué
y estabas en la bañera
te habías lavado la cara y el cabello
y te vi de la cintura para arriba y
(excepto por los senos)
parecías una niña de 5 u 8 anos
regocijándose suavemente en el agua
Linda Lee.
No sólo eras la esencia de ese
momento
sino de todos mis momentos
hasta entonces
bañándote gustosamente en el marfil
sin embargo
nada había
que pudiera decirte.
tomé lo que quería del baño
algo
y me salí.
miércoles, 11 de septiembre de 2013
Cómo quisiera (por Julio Cortázar)
Esta noche, buscando tu boca en otra boca,
casi creyéndolo, porque así de ciego es este río
que me tira en mujer y me sumerge entre sus párpados,
qué tristeza nadar al fin hacia la orilla del sopor
sabiendo que el placer es ese esclavo innoble
que acepta las monedas falsas, las circula sonriendo.
Olvidada pureza, cómo quisiera rescatar
ese dolor de Buenos Aires, esa espera sin pausas
ni esperanza.
Solo en mi casa abierta sobre el puerto
otra vez empezar a quererte,
otra vez encontrarte en el café de la mañana
sin que tanta cosa irrenunciable
hubiera sucedido.
Y no tener que acordarme de este olvido que sube
para nada, para borrar del pizarrón tus muñequitos
y no dejarme más que una ventana sin estrellas.
martes, 10 de septiembre de 2013
La jaula se ha vuelto pájaro (por Alejandra Pizarnik)
Señor
La jaula se ha vuelto pájaro
y se ha volado
y mi corazón está loco
porque aúlla a la muerte
y sonríe detrás del viento
a mis delirios
Qué haré con el miedo
Qué haré con el miedo
Ya no baila la luz en mi sonrisa
ni las estaciones queman palomas en mis ideas
Mis manos se han desnudado
y se han ido donde la muerte
enseña a vivir a los muertos
Señor
El aire me castiga el ser
Detrás del aire hay monstruos
que beben de mi sangre
Es el desastre
Es la hora del vacío no vacío
Es el instante de poner cerrojo a los labios
oír a los condenados gritar
contemplar a cada uno de mis nombres
ahorcados en la nada
Señor
Tengo veinte años
También mis ojos tienen veinte años
y sin embargo no dicen nada
Señor
He consumado mi vida en un instante
La última inocencia estalló
Ahora es nunca o jamás
o simplemente fue
¿Cómo no me suicido frente a un espejo
y desaparezco para reaparecer en el mar
donde un gran barco me esperaría
con las luces encendidas?
¿Cómo no me extraigo las venas
y hago con ellas una escala
para huir al otro lado de la noche?
El principio ha dado a luz el final
Todo continuará igual
Las sonrisas gastadas
El interés interesado
Las preguntas de piedra en piedra
Las gesticulaciones que remedan amor
Todo continuará igual
Pero mis brazos insisten en abrazar al mundo
porque aún no les enseñaron
que ya es demasiado tarde
Señor
Arroja los féretros de mi sangre
Recuerdo mi niñez
cuando yo era una anciana
Las flores morían en mis manos
porque la danza salvaje de la alegría
les destruía el corazón
Recuerdo las negras mañanas de sol
cuando era niña
es decir ayer
es decir hace siglos
Señor
La jaula se ha vuelto pájaro
y ha devorado mis esperanzas
Señor
La jaula se ha vuelto pájaro
Qué haré con el miedo
lunes, 9 de septiembre de 2013
Volando a la semilla (por Ray Bradbury)
De las brasas y cenizas,
del polvo y los carbones,
como doradas salamandras,
saltarán los viejos años,
los verdes años;
rosas endulzarán el aire,
las canas se volverán negro ébano,
las arrugas desaparecerán.
Todo regresará volando a la semilla,
huirá de la muerte,
retornará a sus principios;
los soles se elevarán en los cielos occidentales
y se pondrán en orientes gloriosos,
las lunas se devorarán al revés a sí mismas,
todas las cosas se meterán unas en otras como cajas chinas,
los conejos entrarán en los sombreros,
todo volverá a la fresca muerte,
la muerte en la semilla, la muerte verde,
al tiempo anterior al comienzo.
Bastará el roce de una mano,
el más leve roce de una mano.
domingo, 8 de septiembre de 2013
Sólo entonces (por Isabel Bono)
cuando sea vieja
recordaré cómo nos conocimos
y la vez que me dijiste que no
porque los síes no cuentan
mi memoria de cigüeña
enumerará fechas y ciudades
estábamos de visita, diré
camuflados para el invierno
me temblará la voz
al nombrar la luz los olores
tus advertencias y mis promesas
igual que ahora
al recordar los últimos días de mayo
estábamos en ninguna parte, diré
contestándonos preguntas
sin aire en los pulmones
y sólo entonces
adivinaré el peso de este amor
de estas palabras
que ya empiezo a olvidar
sábado, 7 de septiembre de 2013
Sencilla gracia equilibrada (por Tomás Segovia)
El día
está tan bello
que no puede mentir:
comemos de su luz nuestro pan de verdad.
Su cuerpo se desciñe
y se tiende y se ofrece.
Esta dicha no engaña: nada quiere.
Di: ¿no es más fuerte
que nuestro amor altivo de la muerte
esta sencilla gracia equilibrada
que nada
ejerce?
Pero cuánto pavor,
violenta alma mediata,
te infunde todavía esa burlona voz
que a solas te susurra «estás salvada».
No, no,
tu destino ni ha muerto ni es tu esclavo.
Soberbia y Miedo, confesad:
la vida toda fue verdad.
viernes, 6 de septiembre de 2013
Lento, amargo animal (por Jaime Sabines)
Lento, amargo animal
que soy, que he sido,
amargo desde el nudo de polvo y agua y viento
que en la primera generación del hombre pedía a Dios.
Amargo como esos minerales amargos
que en las noches de exacta soledad
—maldita y arruinada soledad
sin uno mismo—
trepan a la garganta
y, costras de silencio,
asfixian, matan, resucitan.
Amargo como esa voz amarga
prenatal, presustancial, que dijo
nuestra palabra, que anduvo nuestro camino,
que murió nuestra muerte,
y que en todo momento descubrimos.
Amargo desde dentro,
desde lo que no soy,
—mi piel como mi lengua—
desde el primer viviente,
anuncio y profecía.
Lento desde hace siglos,
remoto —nada hay detrás—,
lejano, lejos, desconocido.
Lento, amargo animal
que soy, que he sido.
jueves, 5 de septiembre de 2013
Están pasando siempre (por Fernando Pessoa)
Nubes... Hoy tengo consciencia del cielo, pues hace días que no lo miro pero lo siento, viviendo en la ciudad y no en la naturaleza que la incluye. Nubes... Pasan del muelle hacia el castillo, de Occidente hacia Oriente, en un tumulto disperso y despojado, blanco a veces, se van desharrapadas a la vanguardia de no sé qué; medio negras otras, acaso, más lentas, tardan en ser barridas por el viento audible; negras de un blanco sucio, tal vez, como si quisieran quedarse, ennegrecen más por su llegada que por la sombra a eso que las calles abren como espacio falso entre las líneas del caserío que confinan.
Nubes... Existo sin saberlo y moriré sin quererlo. Soy el intervalo entre lo que soy y lo que no soy, entre lo que sueño y lo que la vida hizo de mí, la media abstracta y carnal entre cosas que no son nada, siendo también yo nada. Nubes... ¡Qué desasosiego si siento, qué incomodidad si pienso, qué inutilidad si quiero! Nubes... Están pasando siempre, unas muy grandes, pareciendo, porque las casas no dejan ver si son menos grandes de lo que parecen, que van a cubrir todo el cielo; otras de tamaño incierto, pudiendo ser dos unidas o una que va a partirse en dos, sin sentido en el aire alto contra el cielo fatigado; otras incluso pequeñas, que parecen juegos de cosas poderosas, abalorios irregulares de un juego absurdo, sólo hacia un lado, en un gran aislamiento, frías.
Nubes... Me interrogo y me desconozco. Nada he hecho que sea útil y nada haré que sea justificable. He gastado la parte de la vida que no perdí en interpretar confusamente ninguna cosa, haciendo versos en prosa a las sensaciones intransmisibles con que vuelvo mío el universo incógnito. Estoy harto de mí, objetiva y subjetivamente. Estoy harto de todo, y del todo de todo. Nubes... Son todo, desarreglos de lo alto, hoy sólo ellas cosas reales entre la tierra nula y el cielo que no existe; harapos indescriptibles del tedio que les impongo; niebla condensada en amenazas de color ausente; sucias motas de algodón crudo de un hospital sin paredes. Nubes... Continúan pasando, continúan siempre pasando, pasarán siempre continuando, en un enrollamiento discontinuo de madejas opacas, en un alargamiento difuso de falso cielo deshecho.
miércoles, 4 de septiembre de 2013
Están por todos lados (por Charles Bukowski)
Los oledores de tragedias están
por todos lados
se levantan por la mañana
y empiezan a encontrar las cosas
mal.
Y se sumergen
en la rabia,
una rabia que dura hasta
que se van a la cama,
e incluso ahí
se retuercen en su
insomnio,
incapaces de quitar
de sus mentes
los pequeños obstáculos
que han hallado.
Se sienten en contra,
es un complot.
Y por estar constantemente
furiosos sienten que
siempre tienen
razón.
Los ves en el tráfico
tocando la bocina como salvajes
ante la más leve infracción,
puteando
desparramando sus
insultos.
Los sientes
en las colas
de los bancos,
de los supermercados,
de los cines
presionan
en tu espalda
te pisan los talones
están impacientes como
una furia.
Están por todos lados
y en
todas las cosas,
esas almas
violentamente
infelices.
En realidad están asustados,
como siempre quieren
tener razón
fustigan
sin cesar…
es un mal
una enfermedad de
esa raza.
El primero de ellos
que vi fue
mi padre
y desde entonces
he visto mil padres
malgastando sus vidas
en el odio,
arrojando sus vidas
al pozo ciego
y gritando
enloquecidos.
martes, 3 de septiembre de 2013
Y túneles de yedra y hojarasca (por Andrés Trapiello)
Mi corazón es una vieja casa.
Tiene un jardín y en el jardín un pozo
y túneles de yedra y hojarasca.
En esa casa a la que tiran piedras
los niños cuando pasan al volver de la escuela,
después de haber robado de su huerta
magro botín de unas manzanas agrias.
En su tejado hay nidos de pájaros que cantan
y de noche un cuartel de escandalosas ratas.
La glicina cubrió los viejos arcos
y una verja de lanzas
y una terraza alta a donde llega
la copa de un granado con granadas
y un palomar y en ruinas unas cuadras.
Y un trozo de camino y la lejana
claridad del mundo.
Está fuera del pueblo y es indiana
su arquitectura, ya sabéis:
todo un poco mezclado, pero es blanca,
es grande, es vieja, es solitaria.
lunes, 2 de septiembre de 2013
Ellas, las sombras (por Pedro Salinas)
¿Las oyes cómo piden realidades,
ellas, desmelenadas, fieras,
ellas, las sombras que los dos forjamos
en este inmenso lecho de distancias?
Cansadas ya de infinitud, de tiempo
sin medida, de anónimo, heridas
por una gran nostalgia de materia,
piden límites, días, nombres.
No pueden
vivir así ya más; están al borde
del morir de las sombras que es la nada.
Acude, ven conmigo.
Tiende tus manos, tiéndeles tu cuerpo.
Los dos les buscaremos
un color, una fecha, un pecho, un sol.
Que descansen en ti, sé tú su carne.
Se calmará su enorme ansia errante,
mientras las estrechamos
ávidamente entre los cuerpos nuestros
donde encuentran su pasto y su reposo.
Adormirán al fin en nuestro sueño
abrazado, abrazadas. Y así luego,
al separarnos, al nutrirnos sólo
de sombras, entre lejos,
ellas
tendrán recuerdos ya, tendrán pasado
de carne y hueso,
el tiempo que vivieron en nosotros.
Y su afanoso sueño
de sombras, otra vez, será el retorno
a esta corporeidad mortal y rosa
donde el amor inventa su infinito.
domingo, 1 de septiembre de 2013
En esta noche en este mundo (por Alejandra Pizarnik)
en esta noche en este mundo
las palabras del sueño de la infancia de la muerte
nunca es eso lo que uno quiere decir
la lengua natal castra
la lengua es un órgano de conocimiento
del fracaso de todo poema
castrado por su propia lengua
que es el órgano de la re-creación
del re-conocimiento
pero no el de la resurrección
de algo a modo de negación
de mi horizonte de maldoror con su perro
y nada es promesa
entre lo decible
que equivale a mentir
(todo lo que se puede decir es mentira)
el resto es silencio
sólo que el silencio no existe
no
las palabras
no hacen el amor
hacen la ausencia
si digo agua ¿beberé?
si digo pan ¿comeré?
en esta noche en este mundo
extraordinario silencio el de esta noche
lo que pasa con el alma es que no se ve
lo que pasa con la mente es que no se ve
lo que pasa con el espíritu es que no se ve
¿de dónde viene esta conspiración de invisibilidades?
ninguna palabra es visible
sombras
recintos viscosos donde se oculta
la piedra de la locura
corredores negros
los he recorrido todos
¡oh quédate un poco más entre nosotros!
mi persona está herida
mi primera persona del singular
escribo como quien con un cuchillo alzado en la oscuridad
escribo como estoy diciendo
la sinceridad absoluta continuaría siendo
lo imposible
¡oh quédate un poco más entre nosotros!
los deterioros de las palabras
deshabitando el palacio del lenguaje
el conocimiento entre las piernas
¿qué hiciste del don del sexo?
oh mis muertos
me los comí me atraganté
no puedo más de no poder más
palabras embozadas
todo se desliza
hacia la negra licuefacción
y el perro de maldoror
en esta noche en este mundo
donde todo es posible
salvo
el poema
hablo
sabiendo que no se trata de eso
siempre no se trata de eso
oh ayúdame a escribir el poema más prescindible
el que no sirva ni para
ser inservible
ayúdame a escribir palabras
en esta noche en este mundo.
donde todo es posible
salvo
el poema
hablo
sabiendo que no se trata de eso
siempre no se trata de eso
oh ayúdame a escribir el poema más prescindible
el que no sirva ni para
ser inservible
ayúdame a escribir palabras
en esta noche en este mundo.
sábado, 31 de agosto de 2013
Se me cayó una parte (por Roberto Juarroz)
En una noche que debió ser lluvia
o en el muelle de un puerto tal vez inexistente
o en una tarde clara, sentado a una mesa sin nadie,
se me cayó una parte mía.
No ha dejado ningún hueco.
Es más: pareciera algo que ha llegado
y no algo que se ha ido.
Pero ahora,
en las noches sin lluvia,
en las ciudades sin muelles,
en las mesas sin tardes,
me siento de repente mucho más solo
y no me animo a palparme,
aunque todo parezca estar en su sitio,
quizá todavía un poco más que antes.
Y sospecho que hubiera sido preferible
quedarme en aquella perdida parte mía
y no en este casi todo
que aún sigue sin caer.
viernes, 30 de agosto de 2013
Hecha de risa y de entresijos (por Sánchez Santiago)
Miro tu boca tajante y llena de semillas.
No da palabras célebres.
No invoca.
No espera en sus ángulos húmedos
esos negocios crujientes de los hombres.
Y sin embargo
un curso de agua ciega no apagaría su luz,
hecha de risa y de entresijos.
Pido
que me caliente en el invierno su lengua,
por donde pasan piedras blancas
y peces resbaladizos
y frutos sin ánimo
hasta que tú los nombras.
jueves, 29 de agosto de 2013
Spleen (por Charles Baudelaire)
Cuando el cielo bajo y grávido pesa como una losa
sobre el espíritu gimiente víctima de largos enojos,
y el horizonte abrazando todo el círculo
nos depara un día negro más triste que las noches;
cuando la tierra se ha convertido en un calabozo húmedo,
donde la esperanza, como un murciélago,
va golpeando los muros con sus tímidas alas
y chocando la cabeza con los techos podridos;
cuando la lluvia extendiendo sus inmensos regueros
de una vasta prisión imita los barrotes,
y un pueblo mudo de infames arañas
viene a tender sus hilos en el fondo de nuestros cerebros,
las campanas de súbito saltan con furia
y lanzan hacia el cielo un horrísono aullido
como los espíritus errantes y sin patria
que se disponen a gemir obstinadamente.
Largos coches fúnebres, sin tambores ni música,
desfilan lentamente en mi alma. La esperanza,
vencida, llora, y la angustia atroz, despótica,
en mi cráneo abatido planta su bandera negra.
miércoles, 28 de agosto de 2013
Reajustando tu conciencia (por Brian Patten)
En un nuevo amanecer
reajustando tu conciencia
te despiertas, y
despierto sueñas
o por lo menos lo parece,
con bosques por los que has pasado
y vidas que habrías atravesado a nado
si hubieras sido lo suficientemente fuerte.
martes, 27 de agosto de 2013
Otros hijos nacieron (por Nazim Hikmet)
Su madre
me dio un hijo.
Un hijo rubio, sin cejas.
Una bola de luz
hundida
en sus pañales azules.
Tres kilos pesa solamente.
Cuando mi hijo nació
otros hijos nacieron en Corea.
Eran semejantes a los girasoles.
Mac Arthur los ha segado.
Se fueron, hambrientos aún
de leche materna.
Cuando mi hijo nació
otros hijos vinieron al mundo
en las cárceles de Grecia.
Sus padres fueron fusilados,
y como si fuera lo primero
que se ha de contemplar en la tierra,
vieron rejas.
Cuando mi hijo nació
otros hijos nacieron en Anatolia.
Eran niños de ojos negros,
ojos azules,
ojos castaños.
Niños aún
estaban llenos de piojos.
Quién sabe cuántos de ellos
milagrosamente
sobrevivirán.
Cuando mi hijo nació
otros hijos nacieron en los paraísos más grandes del mundo.
En seguida fueron felices.
Cuando mi hijo tenga mi edad
ya no estaré en este mundo.
Pero ese mundo habrá de ser
como una cuna soberbia.
Una cuna que mecerá
en sus pañales de seda azul
a todos los niños
negros
amarillos
blancos.
lunes, 26 de agosto de 2013
Es tan hermoso ahora (por Norma Jean Baker -Marilyn Monroe-)
Mi amor duerme junto a mí.
Es tan hermoso ahora
como el niño que fue,
pero un niño que fuera
un león poderoso.
Es tan hermoso como
si ya estuviera muerto
y no pudiera dejar de amarme.
domingo, 25 de agosto de 2013
Sí, es extraño (por Philip Larkin)
Es extraño no saber nada, nunca estar seguro
de qué es verdad o correcto o real,
pero forzado a calificar o “Siento que”
o “Bueno, parece” o
“Alguien debe saber”.
Es extraño ignorar la forma como las cosas funcionan,
sus habilidades para encontrar lo que necesitan,
su sentido de la forma, la puntual semilla esparcida
y la voluntad de cambio;
sí, es extraño
incluso usar ese conocimiento para nuestra carne
que nos rodea con nuestras propias decisiones
y todavía gastar toda nuestra vida en imprecisiones.
Es por eso que cuando empezamos a morir
no tenemos ni idea del porqué.
de qué es verdad o correcto o real,
pero forzado a calificar o “Siento que”
o “Bueno, parece” o
“Alguien debe saber”.
Es extraño ignorar la forma como las cosas funcionan,
sus habilidades para encontrar lo que necesitan,
su sentido de la forma, la puntual semilla esparcida
y la voluntad de cambio;
sí, es extraño
incluso usar ese conocimiento para nuestra carne
que nos rodea con nuestras propias decisiones
y todavía gastar toda nuestra vida en imprecisiones.
Es por eso que cuando empezamos a morir
no tenemos ni idea del porqué.
sábado, 24 de agosto de 2013
Allí hablabas (por José Lezama Lima)
Vi de nuevo el rostro de mi madre.
Era una noche que parecía haber escindido
la noche del sueño.
La noche avanzaba o se detenía,
cuchilla que cercena o soplo huracanado,
pero el sueño no caminaba hacia su noche.
Sentía que todo pesaba hacia arriba,
allí hablabas, susurrabas, casi
para los oídos de un cangrejito,
ya sé, porque vi su sonrisa.
Que quería llegar
regalándome ese animalito,
para verlo caminar con gracia,
o profundizarlo en una harina caliente.
La mazorca dura como un diente de niño
en una gaveta con hormigas plateadas.
El símil de una gaveta como una culebra,
la del tamaño de un brazo, la que viruta
la lengua en su extensión doblada, la de los relojes
viejos, la temible y risible gaveta parlante.
Recorría los filos de la puerta
para empezar a sentir, tapándome los ojos,
aunque lentamente me inmovilizaba,
que la parte restante pesaba más.
Con la ligereza del peso de la lluvia
o las persianas del arpa.
En el patio asistían
la luna completa y los otros meteoros convidados.
Propicio era y mágico el itinerario de su costumbre.
Miraba la puerta
pero el resto del cuerpo permanecía en lo restado,
como alguien que comienza a hablar,
que vuelve a reírse,
pero como se pasea entre la puerta
y lo otro restante.
Parece que se ha ido, pero entonces vuelve.
Lo restante es Dios tal vez,
menos yo tal vez,
tal vez el raspado solar
y en él a horcajadas el yo tal vez.
A mi lado el otro cuerpo,
al respirar, mantenía la visión
pegada a la roca de la vaciedad esférica.
Se fue reduciendo
a un metal volante con los bordes
asaltado por la brevedad de las llamas,
a la evaporación de una pequeña
taza de café matinal,
a un cabello.
Era una noche que parecía haber escindido
la noche del sueño.
La noche avanzaba o se detenía,
cuchilla que cercena o soplo huracanado,
pero el sueño no caminaba hacia su noche.
Sentía que todo pesaba hacia arriba,
allí hablabas, susurrabas, casi
para los oídos de un cangrejito,
ya sé, porque vi su sonrisa.
Que quería llegar
regalándome ese animalito,
para verlo caminar con gracia,
o profundizarlo en una harina caliente.
La mazorca dura como un diente de niño
en una gaveta con hormigas plateadas.
El símil de una gaveta como una culebra,
la del tamaño de un brazo, la que viruta
la lengua en su extensión doblada, la de los relojes
viejos, la temible y risible gaveta parlante.
Recorría los filos de la puerta
para empezar a sentir, tapándome los ojos,
aunque lentamente me inmovilizaba,
que la parte restante pesaba más.
Con la ligereza del peso de la lluvia
o las persianas del arpa.
En el patio asistían
la luna completa y los otros meteoros convidados.
Propicio era y mágico el itinerario de su costumbre.
Miraba la puerta
pero el resto del cuerpo permanecía en lo restado,
como alguien que comienza a hablar,
que vuelve a reírse,
pero como se pasea entre la puerta
y lo otro restante.
Parece que se ha ido, pero entonces vuelve.
Lo restante es Dios tal vez,
menos yo tal vez,
tal vez el raspado solar
y en él a horcajadas el yo tal vez.
A mi lado el otro cuerpo,
al respirar, mantenía la visión
pegada a la roca de la vaciedad esférica.
Se fue reduciendo
a un metal volante con los bordes
asaltado por la brevedad de las llamas,
a la evaporación de una pequeña
taza de café matinal,
a un cabello.
viernes, 23 de agosto de 2013
Tu voz (por Juan Ramón Jiménez)
No morirá tu voz, tu voz, tu voz, tu voz...
Tu voz seguirá siempre resonando
-ceniza tú en la tierra de la vida-,
tu voz seguirá siempre resonando
-tu voz, tu voz, tu voz, tu voz-
por la bóveda inmensa de la noche;
tu voz seguirá siempre resonando
por la bóveda inmensa de mi alma
-tu voz, tu voz, tu voz, tu voz, tu voz-
con ecos mágicos de estrellas...
jueves, 22 de agosto de 2013
Por aquel disparo (por Miguel d´ Ors)
Perdón pido a la vida por aquel
disparo con el que una mañana de verano,
allá en mil novecientos quizá cincuenta y nueve,
le arrebaté de golpe una oropéndola.
Cayó precipitada entre las hojas
ásperas y las gruesas ramas grises,
con algo de elefante, de la higuera
del Portal, donde, orondas de dulzura,
relucían al sol, tentadoras, las brevas.
Y quedó en la mañana
un extraño silencio que olía a pólvora.
Al cabo de los años, todavía
a veces veo en mi mano
aquella alhaja voladora, el velo
con que la muerte iba empañando sus ojos,
aquel rubí brotándole del pecho.
Perdón pido a la vida ahora que el tiempo
va expulsándome de ella,
ahora que sé el valor de cada vuelo,
de cada canto y cada nuevo día.
Ojalá que estos versos tuvieran el poder
de alzar en esta página unas ramas de higuera
con sol y grandes brevas, y en ellas devolverle
al mundo una oropéndola.
miércoles, 21 de agosto de 2013
En el río (por Wislawa Szymborska)
En el río de Heráclito
un pez está ocupado pescando
un pez mata a otro pez con un pez afilado
un pez construye otro pez, un pez vive en otro pez
un pez escapa de otro pez en una persecución
En el río de Heráclito
un pez ama otro pez
sus ojos, eso dicen, brillan como los peces del cielo
yo nadaría a tu lado al mar que compartiríamos
o al mejor para nuestro banco
En el río de Heráclito
un pez ha imaginado el pez de peces
un pez se arrodilla ante el pez, un pez le canta al pez
un pez ruega al pez para que le ayude con su vida de pez
En el río de Heráclito
yo, el pez solitario, el pez apartado
(apartado por lo menos del pez árbol o el pez piedra),
escribo, en momentos solitarios, un pez u otro
cuyas escamas brillantes, tan efímeras,
pueden ser solamente el guiño avergonzado de la oscuridad
un pez está ocupado pescando
un pez mata a otro pez con un pez afilado
un pez construye otro pez, un pez vive en otro pez
un pez escapa de otro pez en una persecución
En el río de Heráclito
un pez ama otro pez
sus ojos, eso dicen, brillan como los peces del cielo
yo nadaría a tu lado al mar que compartiríamos
o al mejor para nuestro banco
En el río de Heráclito
un pez ha imaginado el pez de peces
un pez se arrodilla ante el pez, un pez le canta al pez
un pez ruega al pez para que le ayude con su vida de pez
En el río de Heráclito
yo, el pez solitario, el pez apartado
(apartado por lo menos del pez árbol o el pez piedra),
escribo, en momentos solitarios, un pez u otro
cuyas escamas brillantes, tan efímeras,
pueden ser solamente el guiño avergonzado de la oscuridad
martes, 20 de agosto de 2013
La noche cíclica (por Jorge Luis Borges)
Lo supieron los arduos alumnos de Pitágoras:
los astros y los hombres vuelven cíclicamente;
los átomos fatales repetirán la urgente
Afrodita de oro, los tebanos, las ágoras.
En edades futuras oprimirá el centauro
con el casco solípedo el pecho del lapita;
cuando Roma sea polvo, gemirá en la infinita
noche de su palacio fétido el minotauro.
Volverá toda noche de insomnio: minuciosa.
La mano que esto escribe renacerá del mismo
vientre. Férreos ejércitos construirán el abismo.
(David Hume de Edimburgo dijo la misma cosa.)
No sé si volveremos en un ciclo segundo
como vuelven las cifras de una fracción periódica;
pero sé que una oscura rotación pitagórica
noche a noche me deja en un lugar del mundo.
Qué es de los arrabales. Una esquina remota
que puede ser del norte, del sur o del oeste,
pero que tiene siempre una tapia celeste,
una higuera sombría y una vereda rota.
Ahí está Buenos Aires. El tiempo que a los hombres
trae el amor o el oro, a mí apenas me deja
esta rosa apagada, esta vana madeja
de calles que repiten los pretéritos nombres
De mi sangre: Laprida, Cabrera, Soler, Suárez...
Nombres en que retumban (ya secretas) las dianas,
las repúblicas, los caballos y las mañanas,
las felices victorias, las muertes militares.
Las plazas agravadas por la noche sin dueño
son los patios profundos de un árido palacio
y las calles unánimes que engendran el espacio
son corredores de vago miedo y de sueño.
Vuelve la noche cóncava que descifró Anaxágoras;
vuelve a mi carne humana la eternidad constante
y el recuerdo, ¿el proyecto?, de un poema incesante:
«Lo supieron los arduos alumnos de Pitágoras...»
lunes, 19 de agosto de 2013
Solo con mis labios (por Pedro Salinas)
Ayer te besé en los labios.
Te besé en los labios. Densos,
rojos. Fue un beso tan corto
que duró más que un relámpago,
que un milagro, más.
El tiempo
después de dártelo
no lo quise para nada
ya, para nada
lo había querido antes.
Se empezó, se acabó en él.
Hoy estoy besando un beso;
estoy solo con mis labios.
Los pongo
no en tu boca, no, ya no
-¿adónde se me ha escapado?-.
Los pongo
en el beso que te di
ayer, en las bocas juntas
del beso que se besaron.
Y dura este beso más
que el silencio, que la luz.
Porque ya no es una carne
ni una boca lo que beso,
que se escapa, que me huye.
No.
Te estoy besando más lejos.
Te besé en los labios. Densos,
rojos. Fue un beso tan corto
que duró más que un relámpago,
que un milagro, más.
El tiempo
después de dártelo
no lo quise para nada
ya, para nada
lo había querido antes.
Se empezó, se acabó en él.
Hoy estoy besando un beso;
estoy solo con mis labios.
Los pongo
no en tu boca, no, ya no
-¿adónde se me ha escapado?-.
Los pongo
en el beso que te di
ayer, en las bocas juntas
del beso que se besaron.
Y dura este beso más
que el silencio, que la luz.
Porque ya no es una carne
ni una boca lo que beso,
que se escapa, que me huye.
No.
Te estoy besando más lejos.
domingo, 18 de agosto de 2013
Tan grande y bello (por Eduardo Lizalde)
Buenos días, mundo.
Me alegra verte afuera al despertar.
Celebro que no hayas
-la ocasión la pintan calva-
aprovechado el manto de la noche maldita
para irte por siempre al inframundo.
También me reconforta
que aún te habiten pájaros cantores,
meistersinger del bosque en el jardín;
que el sol severo nos escalde aún
y nos torture el rudo ozono
-como todos los días-.
Soñé que te habías ido
conmigo hacia el infierno,
y que se habían quedado aquí
sin mundo todas las demás criaturas:
piedras, grajos, insectos o personas.
Te veo tan grande y bello,
que me río de los siniestros solipsistas
de antaño.
No has de esfumarte cuando yo me extinga.
Canto tu salud de hierro,
tu verde corazón y tu estructura
de granito.
Buenos días, querido, hermoso mundo.
sábado, 17 de agosto de 2013
Más allá del peligro (por Sharon Olds)
Una semana después de que murió
de pronto entendí
que su amor por mí estaba seguro:
ya nada podría alterarlo. A veces,
durante el último año, su rostro se iluminaba
cuando yo entraba en su habitación,
y una vez, medio dormido,
sonrió al pronunciar mi nombre.
Respetaba mi arrojo:
la vez que me ataron a la silla
ataron a alguien que él respetaba, y cuando
dejaba de hablar durante semanas enteras,
yo era uno de los seres a quienes no le hablaba,
alguien con un lugar en su vida.
La última semana lo dijo sin querer:
entré a su cuarto y le pregunté
"Cómo estás," y contestó, "Yo a ti también".
Desde entonces, temí perder esas palabras.
Hasta el último momento podía equivocarme,
ofenderlo. Bastaría una de sus muecas de disgusto
para que volviera a joderme la vida.
Intenté no pensar demasiado,
ayudaba a cuidarlo, le limpiaba el rostro,
lo acompañaba.
Pero un rato después de que murió,
de pronto pensé, con asombro, ahora
siempre me amará, y me reí:
estaba muerto, ¡muerto!
viernes, 16 de agosto de 2013
Muñeca (por Nika Turbina)
Soy como una muñeca rota.
En el pecho olvidaron
poner un corazón
y me dejaron innecesaria
en un rincón oscuro.
Soy como una muñeca rota,
sólo escucho, antes del amanecer,
al sueño quedamente susurrarme:
"Duerme, querida, larga-largamente.
Volarán los años
y, cuando despiertes,
la gente querrá de nuevo
cargarte en brazos,
acunarte, simplemente jugar,
y latirá tu corazón..."
jueves, 15 de agosto de 2013
Brindis (por Amalia Bautista)
Alégrate conmigo, celebremos la suerte
de compartir una ciudad y un siglo,
la bendición del sol dorado de este invierno,
la cerveza y su espuma en nuestros labios.
Brindemos contra el tiempo de oscuras amenazas,
toquémonos osados, riamos complacidos,
conjuremos los monstruos del dolor y la culpa,
callemos nuestra inmensa soledad.
Que el don de la ebriedad nos bañe al mediodía.
miércoles, 14 de agosto de 2013
Yo estaba allí (por Lúcia Aizim)
Yo, allí.
Entre la aurora y la noche,
la luz y las tinieblas
desde el primer día.
Hay todo un linaje espiándome,
espiando mis pasos.
No importa dónde vaya.
Por ciudades, aldeas, mares
llevo conmigo sus voces,
sus vestidos, sus pesares.
A veces sus alegrías, también.
Voces ancestrales: imploran, ordenan.
No nos dejen en el olvido.
Salida de su desierto la multitud.
Entre ellos, allí estaba yo.
Yo allí.
Estaba entre la aurora
y la noche, la luz y las tinieblas,
desde el primer día.
Cuando de la nada fueron creados
las aves y las aguas, el aire y las aguas.
Cuando lo Eterno encendió
las estrellas del cielo. Yo estaba allí.
Hay todo un linaje espiándome
hace siglos, milenios.
Hija de la cepa de los profetas,
familia de pastores.
martes, 13 de agosto de 2013
Tu desnudez fresca (por Juan Ramón Jiménez)
No sé de nada más igual
a tu desnudez fresca que la luna,
ni que tan largamente me retenga
los ojos, en la busca de las buscas.
Todo –color, sabor, olor- se hace música.
¡Embriaguez de frutas con relente,
manos que huelen, labios que oyen música,
ojos que tocan, alas, oídos que sonríen,
silencio iluminado de blancuras;
luna redonda y blanca, acariciada
como te estoy acariciando a ti, desnuda!
lunes, 12 de agosto de 2013
Reinvéntate (por Charles Bukowski)
invéntate y después reinvéntate a ti mismo,
no nades en la misma charca.
invéntate y después reinvéntante a ti mismo
y
no caigas en las garras de la mediocridad.
invéntate y después reinvéntate a ti mismo,
cambia de tono y forma tan a menudo que no puedan
nunca
clasificarte.
revigorízate y
acepta lo que hay
pero sólo [sic] en los términos que tú hayas inventado
y reinventado.
sé autodidacta.
y reinventa tu vida porque así ha de ser;
es tu vida y
su historia
y el presente
te pertenecen sólo [sic]
a ti.
domingo, 11 de agosto de 2013
Lo que hacemos (por Valentín Medina)
los hombres somos
casi definitivamente
lo que hacemos:
quiénes son nuestros amigos
qué real-izamos en realidad
a quién queremos verdaderamente
con qué nos comprometemos.
todo esto nos da una buena
medida
de nosotros
mismos.
lo demás solo sucede
en el espacio
vacío y luminoso a la vez
de las palabras:
simples significantes.
faltan en ellas de entrada la transparencia
de los hechos.
sábado, 10 de agosto de 2013
Tan callada (por Saiz de Marco)
Te reprocho
Felicidad
que seas discreta
que camines en silencio
de puntillas
cabizbaja
como si tuvieras miedo
como si evitaras llamar la atención
Y no es que no vengas
Que sí
sí que vienes
pero lo haces tan callada
tan de incógnito
como una espía o una agente infiltrada
¿ Por qué no aprendes del dolor y la pena
que no reprimen sus gritos lastimeros
sus embestidas bramando a medianoche
sus sollozos con runrún de letanía ?
(Y en cambio tú un rumor tenue
un susurro)
¿ No te das cuenta
Felicidad
de que lo que anhelamos nosotros es mirarte
oírte venir anunciada por trompetas
por tambores
por pasacalles
por músicos
que no parasen de tocar todo el tiempo ?
¿ Es que no puedes tú también hacer ruido
vocear
¡ estoy aquí !
¡ me siento eufórica
radiante por alegrar gente a mi paso ! ?
¿ Es que no puedes gritarlo
proclamarlo
a los cuatro vientos cantar que has venido
siquiera sea para contrarrestar
el estruendo que llega de ahí enfrente ?
Felicidad
que seas discreta
que camines en silencio
de puntillas
cabizbaja
como si tuvieras miedo
como si evitaras llamar la atención
Y no es que no vengas
Que sí
sí que vienes
pero lo haces tan callada
tan de incógnito
como una espía o una agente infiltrada
¿ Por qué no aprendes del dolor y la pena
que no reprimen sus gritos lastimeros
sus embestidas bramando a medianoche
sus sollozos con runrún de letanía ?
(Y en cambio tú un rumor tenue
un susurro)
¿ No te das cuenta
Felicidad
de que lo que anhelamos nosotros es mirarte
oírte venir anunciada por trompetas
por tambores
por pasacalles
por músicos
que no parasen de tocar todo el tiempo ?
¿ Es que no puedes tú también hacer ruido
vocear
¡ estoy aquí !
¡ me siento eufórica
radiante por alegrar gente a mi paso ! ?
¿ Es que no puedes gritarlo
proclamarlo
a los cuatro vientos cantar que has venido
siquiera sea para contrarrestar
el estruendo que llega de ahí enfrente ?
viernes, 9 de agosto de 2013
Para matar a un hombre (por Edwin Brock)
Hay múltiples métodos engorrosos para matar a un hombre.
Se le puede obligar a que cargue un tablón de madera
hasta la cumbre de un monte y entonces clavarlo. Para que esto
resulte es necesario una multitud de gente
que lleve sandalias, un gallo que cante, un manto
para disecarlo, una esponja, un poco de vinagre y un
hombre que martille los clavos en su sitio.
O es posible buscarse un pedazo de acero
de forma y monturas tradicionales
y tratar de penetrar esta jaula de metal que lo protege.
Si éste es el caso, te hacen falta cabellos blancos,
árboles ingleses, hombres con arcos y flechas,
dos banderas por lo menos, un príncipe y un
castillo donde celebrar el banquete.
Dejando de lado los escrúpulos, puedes también, si el viento
lo permite, asfixiarlo con gas. Pero entonces necesitas
una milla de fango tallada por trincheras,
sin olvidar las botas negras, los cráteres de bombas,
más fango, una plaga de ratas, docenas de canciones
y algunos sombreros circulares hechos de acero.
En una era de aviación, puedes volar
a muchas millas por encima de tu víctima y liquidarla
con sólo apretar un botoncito. Todo lo que se requiere,
en este caso, es un océano que los separe, dos
sistemas de gobierno, los científicos del país,
algunas fábricas, un psicópata y un pedazo de
tierra que nadie va a necesitar por varios años.
Estos son, como dije antes, métodos engorrosos
para matar a un hombre. Más sencillo, directo, y mucho
más limpio es asegurarse de que vive en algún lugar
del siglo veinte, y ahí dejarlo.
jueves, 8 de agosto de 2013
Como obsequios (por José Luis Piquero)
Esta noche los cuatro
nos damos libremente, como obsequios.
Ya no somos parejas y formamos
un círculo perfecto.
Un placer sin palabras,
algo así como un juego de calor,
mas con las mismas mañas
del amor entre dos.
Y el latido de manos y de bocas
con su idioma de sed:
en cada piel absorta que se posan
tocan un corazón bajo la piel.
Sobre este cuarto ha descendido el mundo,
la luz intacta de la vida breve
envolviéndonos juntos
mientras la noche afuera dura y llueve.
No volveré a estar solo.
Después de haber amado así, la muerte
no me tendrá del todo.
miércoles, 7 de agosto de 2013
Cambios (por Yalal ad-Din Muhammad Rumí)
¿Quién hace estos cambios?
Disparo una flecha a la derecha,
cae a la izquierda.
Cabalgo tras de un venado y me encuentro
perseguido por un cerdo.
Conspiro para conseguir lo que quiero
y termino en la cárcel.
Cavo fosas para atrapar a otros
y me caigo en ellas.
Debo sospechar
de lo que quiero.
martes, 6 de agosto de 2013
Transfigurado en alegría (por Eloy Sánchez Rosillo)
Con pie lento anduviste por mi vida,
dolor de aquellos tiempos,
y nunca terminabas de pasar.
Días que eran la noche,
años empantanados en las aguas
de un presente ofuscado y sin salida.
Perplejo aún, puedo afirmar ahora
que al fin no te marchaste,
ni te apagaste porque te extinguieras,
sino que por amor, por gracia pura,
fuiste transfigurado
en alegría misericordiosa
sin que yo en un principio lo advirtiese.
¿Cómo pudo ocurrir aquel prodigio
de que al llegar a un punto, a tal momento,
tú ya no fueras tú
y fueras justamente tu contrario?
Qué enigmático es todo, qué aventura
esta ignorancia ciega del vivir.
dolor de aquellos tiempos,
y nunca terminabas de pasar.
Días que eran la noche,
años empantanados en las aguas
de un presente ofuscado y sin salida.
Perplejo aún, puedo afirmar ahora
que al fin no te marchaste,
ni te apagaste porque te extinguieras,
sino que por amor, por gracia pura,
fuiste transfigurado
en alegría misericordiosa
sin que yo en un principio lo advirtiese.
¿Cómo pudo ocurrir aquel prodigio
de que al llegar a un punto, a tal momento,
tú ya no fueras tú
y fueras justamente tu contrario?
Qué enigmático es todo, qué aventura
esta ignorancia ciega del vivir.
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